Nueva entrevista con mi vecino

Olavo de Carvalho

Zero Hora, 6 de octubre de 2002

Estimado Sr. Luís Inácio:

Hace ya más de un año que le dirigí unas preguntas quisquillosas y usted, muy prudentemente, no me respondió absolutamente nada. Confieso que, en aquel momento, actué llevado tan sólo por los cuidados que me inspiraban algunos valores que tengo en gran aprecio, como la libertad de prensa y mi propio gusto de escribir lo que me viene a la cabeza, valores ésos que entonces me parecían amenazados por el ascenso del partido que usted, más que nadie, personifica y representa.

Hoy en día, no obstante, esas inquietudes menores ya se han desvanecido en mi alma, conformada con el curso de las cosas y preparada para todo, pase lo que pase. Lo que me preocupa hoy, mi querido vecino de página, es algo mucho más valioso e importante que las niñerías arriba mencionadas. Lo que me preocupa es el destino de su persona. No es que yo sienta por ella algún afecto especial, está claro. Usted, como persona, ni me gusta ni me deja de gustar, pues no forma parte de mis hábitos apegarme, positiva o negativamente, a la imagen pública de individuos que no estén en el ámbito de mi convivencia directa. Lo que me lleva a pensar en su destino es que usted, hoy por la mañana, cuando “Zero Hora” esté llegando a los quiscos, será el virtual presidente de la República, y tal vez por la tarde haya pasado de lo virtual a lo real. El sino de un presidente es, en muchos aspectos, el sino de un país, y yo, si nada puedo hacer por salvar el mío de lo que parece estarle reservado, al menos no consigo refrenar la curiosidad malsana de intentar anteverlo con mayor claridad, aunque sea a costa de preguntas inquietantes y, en la opinión de algunos — con los que no estoy de acuerdo de ninguna manera –, incluso insolentes.

La otra vez le hice tres preguntas de ésas. Ahora voy a concentrarme en una sólo, franca y directa, pero fundada en ciertas premisas de hecho, que, “data venia” de su posible futura excelencia, paso a exponer:

1. Según documentos aprehendidos que estaban en posesión del traficante Fernandinho Beira-Mar en Colombia, las Farc son uno de los mayores proveedores a Brasil de cocaína, si no el mayor. Brasil, por su parte, es, a través del mismo Fernandinho y asociados, uno de los principales canales de envío de armas a las Farc.

No vamos a discutir, por ahora, si la distinguida organización guerrillera está metida en eso por vil interés financiero o por aquel mismo alto idealismo humanitario que llevó a Mao Tsé-Tung — hombre indiferente a los bienes mundanos — a usar del narcotráfico como arma de guerra para minar la resistencia del enemigo y financiar la revolución. Las intenciones subjetivas implicadas en el caso no modifican en nada el efecto maléfico de las papelinas de cocaína ni mucho menos el de las balas de ametralladora. Dejemos, pues, de lado las consideraciones morales y pasemos a la segunda premisa:

2. Usted, como organizador principal y participante emérito de sucesivas reuniones del Foro de São Paulo — esa entidad destinada, según las palabras admirables de Fidel Castro, a “reconquistar en América Latina lo que se ha perdido en el Este Europeo” –, ha firmado varios pactos de solidaridad con las organizaciones socialistas y comunistas del continente, pactos ésos co-firmados por representantes autorizados de las Farc. Usted está, por tanto, comprometido, si no a ayudar, al menos a abstenerse de estorbar a cualquiera de esas organizaciones, entre ellas a las Farc.

Los documentos que atestiguan la veracidad de las premisas 1 y 2 son de dominio público: de los primeros, proporcionados por el ejército colombiano, da constancia la investigación en curso en la Policía Federal; de los segundos, el site del Foro de São Paulo en internet: http://www.forosaopaulo.org/.

Dadas esas dos premisas, el dilema que se le planteará a usted tal vez ya dentro de algunas horas es tan fácil de enunciar como imposible de resolver. Si, como presidente de la República, impulsa el combate al narcotráfico, correrá el riesgo de perjudicar a esa organización colombiana que mucho espera de su solidaridad. Si, al contrario, prefiere abstenerse de toda acción efectiva contra el narcotráfico, estará entregando el país, conscientemente, al imperio de la violencia y del crimen. Usted tendrá que hacer una de las dos cosas, y las dos son absolutamente incompatibles entre sí. Haciendo usted cualquiera de ellas, atraerá hacia su persona una cantidad de odios, peligros y maldiciones muy superior a lo que usted, o cualquiera de nosotros, desearía para su peor enemigo.

¿Entiende por qué me preocupo por su futuro? Por nada de este mundo desearía yo estar en su piel, y el hecho de estar fuera de ella me proporcionaría el más reconfortante de los alivios si, por desgracia, dicha piel no corriese el riesgo de convertirse, a partir de hoy, en la piel de este país, en la piel de este pueblo, en la piel de todos nosotros.

¿Que es lo que hará usted? ¿Cortará la línea de comercio entre Fernandinho Beira-Mar y las Farc, dejando a los guerrilleros colombianos privados de armas esenciales, entregándolos por tanto a la saña del gobierno local y de sus socios norteamericanos, es decir, de lo que usted, en los acuerdos arriba mencionados, ha llamado “terrorismo de Estado”? ¿O, negándose a cometer tan imperdonable deslealtad, preferirá dejar que nuestro país siga siendo sangrado y chupado, indefinidamente, por los vampiros del narcotráfico?

Discúlpeme una locución latina más, pero, como dirían los escolásticos, “tertium non datur”: no hay tercera alternativa. Y las dos que le quedan son igualmente temibles. En la primera de ellas, ¿qué dirá Fidel Castro? ¿Qué dirá Hugo Chávez? ¿Qué dirán las demás organizaciones que han firmado los acuerdos del Foro de São Paulo? ¿Qué dirán los medios de comunicación izquierdistas internacionales? En la segunda, ¿qué dirá el pueblo brasileño? ¿Qué dirán los padres de familia cuyos hijos se convierten en esclavos del vicio para que Fernandinho pueda suplir de armas a la guerrilla colombiana? ¿Qué dirá el Congreso, si aún existe uno? Y sobre todo, Sr. Luís Inácio, ¿qué le dirá a su propia conciencia moral?

Es ésa, querido vecino, la pregunta que, sin la menor prevención u hostilidad hacia su persona, mas llevado tan sólo por la implacable lógica de los hechos, quería hacerle. Si usted no responde, no me enfadaré. En realidad, esa pregunta no tiene respuesta.

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