Estoy fuera de Época

Mídia Sem Máscara, año 1, número 3, 18 de septiembre de 2002

Olavo de Carvalho

Adiós, Paulo Mollera

Fuera de época, en sentido cronológico, siempre lo he estado, pues no hay orgullo más cerril que el de “ser un hombre de su tiempo”. He explicado eso en El futuro del pensamiento brasileño y no pretendo repetirme.

Pero no estoy hablando de eso. Me refiero a Época, la revista, de la que he ido siendo retirado poco a poco, a lonchas, en una verdadera operación-salchichón, habiendo salido ahora, finalmente, la última loncha. El responsable por la decisión, Paulo Moreira Leite, no ha tenido siquiera el valor de transmitírmela personalmente, y ha preferido servirse de la intermediación de un director de O Globo, hombre educado que siempre ha tenido conmigo las mejores relaciones de cortesía y que, en rigor, no tenía nada que ver con el asunto.

Mi carrera en esa revista ha sido corta y previsible. Apenas dejó la dirección Augusto Nunes y entró en su lugar el conocido militante o ex-militante trotskista, mi suerte estaba echada. Primero, vino la reducción de mi columna (una de las más leídas de la publicación) de semanal a mensual, con el pretexto de dejar sitio libre para un tal “pluralismo”, entidad enigmática que después descubrí ser la persona de la Sra. Maria da Conceição Aquino.

A continuación, centenares de cartas de protesta dirigidas al Sr. Moreira – que a esa altura pasé a llamar Moleira [mollera] – fueron ocultadas no sólo a los lectores, sino al propio articulista en ellas mencionado. ¿Cuántas fueron, exactamente? Sólo sé de las trescientas y tantas cuyos remitentes tomaron la precaución de enviarme copia por e-mail. Ésas están reproducidas en mi site,http://www.olavodecarvalho.org/. Las otras desaparecieron para siempre en el abismo de tinieblas de la inteligencia del Sr. Mollera. Por una coincidencia irónica, o cínica, éste último, nada menos que en la edición siguiente, ufanándose del gran número de cartas de felicitación que había recibido por un escandaloso reportaje sobre drogas, escribió en editorial: “Las cartas no mienten jamás.” Escribió eso en el preciso momento que escondía, por tanto, trescientas y tantas verdades, quizá más.

Inmediatamente después, empezaron las provocaciones censorias. Primero, el Sr. Mollera podó en uno de mis artículos una frase entera, que seguía a la afirmación de que los lectores no eran idiotas: “Los que son idiotas son ciertos jefes de redacción que se imaginan que, controlando un periódico o revista, controlan la conciencia del público“. Era, por cierto, sólo una sentencia genérica, suelta, sin pruebas ni ejemplos. Fue el Sr. Paulo Mollera quien, al suprimirla, la ejemplificó con una elocuencia superior a mis pobres recursos inventivos.

Después, como me había referido a gays y lesbianas con el apelativo de “rarotes” — un adjetivo inocente que incluso me he aplicado a mí mismo –, el Sr. Mollera dio prueba de rareza aún mayor, al considerar que la palabra era intolerable y hacer valer sobre ella su poder de censura.

Como nada de eso me irritase lo suficiente, la revista empezó a atrasar mi paga. El primer atraso vino con la excusa de que determinado artículo mío había llegado tarde. Excusa inconsistente, claro está. Lo que había pasado es que el Sr. Mollera, que había recibido el texto tres días antes del plazo, había resuelto retardar su publicación. Poco tiempo después, nuevo atraso, de dos meses, esta vez alegando que la reserva de recibos firmados por mí se había terminado – como si fuese algo enormemente difícil avisarme de ello unas semanas antes.

Después de esa larga serie de incomodidades de poca monta, que indican bien la medida de la envergadura del alma que las había producido, llegó la conclusión lógica, justificada como medida de economía, una alegación que, por cierto, no pongo en duda en modo alguno, pues es comprensible que una editora necesite de verdad apretar el cinto cuando entrega una de sus publicaciones a la dirección de un gran espíritu como el Sr. Paulo Mollera.

No estoy, evidentemente, enfadado con él ni con nadie. Sólo dejo constancia de esos hechos para la eventual curiosidad de los postreros y la posible enseñanza de los hodiernos.

 

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