
¿Qué problema hay?
Olavo de Carvalho
Diário do Comércio (editorial), 14 de julio de 2008
Barack Hussein Obama es, bajo tantos aspectos, tan diferente de lo que normalmente se entiende como un candidato a la presidencia de EE UU, que solo por una distracción estupenda alguien puede creer que el detalle más significativo en él es el color de su piel. El lema de su campaña es “Cambio”, pero para realizarlo no le hace falta ni que sea elegido: él ya lo ha cambiado todo en los usos y costumbres electorales del pueblo americano, y por cambiarlo para mucho peor será necesario varias décadas para restaurar el destrozo, si posible.
Desde ya, él es el primer candidato sin ninguna experiencia administrativa – y con experiencia política abajo de mínima – a ser permitido por cualquier partido para concurrir a tan alto cargo. Tampoco tuvo carrera militar ni experiencia profesional en ningún área, excepto como ongenista. Pero dígale eso a un obamista y él invariablemente responderá: “¿Qué problema hay?” El sentimiento natural de extrañeza ante lo inusitado se ha vuelto antinatural, ofensivo, intolerable.
Con la posible excepción de Lula, cuya ignorancia llegó a ser alabada como una forma superior de sabiduría, nunca se ha exigido tan poco de quien reivindica la autoridad máxima. Hasta en países del Tercer Mundo el portador de un currículum tan insignificante difícilmente sería admitido como candidato al cargo supremo. En el Partido Demócrata y en la grande mass media de EE UU, a nadie le parece extrañar el caso Obama en lo más mínimo que sea, y mismo entre los adeptos de John McCain hay como un acuerdo para no lastimar el adversario con exigencias superiores a su capacidad. Todos prefieren preguntar: “¿Qué problema hay?”
En segundo lugar, no le falta al candidato solamente un currículum: le falta incluso una biografía fiable. Los indicios de que él es musulmán en secreto brotan día a día, pero su cantidad parece inversamente proporcional al interés que sus adversarios y la grande mass media tienen en dilucidar el asunto. Todos parecen querer que el electorado admita como normal y no problemática la hipótesis de votar en un desconocido que encubre sus orígenes, aunque estas lo asocien de algún modo al enemigo que enfrenta el país en el campo de batalla y aunque su empeño para encubrir el pasado llegue al punto de ocultar la propia partida de nacimiento. Las pruebas sobre la intimidad del candidato con organizaciones comunistas y pro terroristas también van aumentando, pero no suscitan, entre los bien pensantes, ni siquiera curiosidad. Después, ¿qué problema hay?
Hasta mismo en la condición elemental del respeto a los símbolos nacionales – la mínima etiqueta que los candidatos de todos los partidos siempre honraron –, Obama parece poseer derecho adquirido para desmoralizarlo a todo, sin que el establishment presente la menor señal de sentirse herido por ello. Él escucha “The Estrella-Spangled Banner” con las manos sobre los genitales en vez del corazón, modifica el emblema de las armas nacionales para hacerlo un grotesco anuncio electoral y, para colmo, dice que la bandera del país que pretende representar ante el mundo “es, para muchos pueblos, un símbolo de violencia”. Pero, pensando bien, ¿qué problema hay?
Sin enbargo es al infringir las leyes con la mayor cara de inocencia que el candidato muestra aquella confianza absoluta en la propia invulnerabilidad, tan característica de los sociopatas revolucionarios. A cada semana, aparecen nuevos abusos, que normalmente bastarían para destruirle la carrera a un político, o al menos mandarle a la cárcel. Pero Obama parece inmunizado contra las consecuencias de sus acciones. Las últimas de la semana fueron las siguientes: (1) Para la colecta de fondos de campaña, organizó un sistema de lotería – ilegal en todos los cincuenta Estados americanos. (2) Volando por todas partes siempre en un avión sin las condiciones de seguridad requeridas, el otro día fue obligado a un aterrizaje de emergencia. Pero, de nuevo, la reacción general es la misma: “¿Qué problema hay?”
Obama es tan extraño, pero tan extraño, que aparentemente la única manera de atenuar el vejamen de su presencia en la disputa por la presidencia es fingir que él es normal. Pero la prohibición de extrañar es, en verdad, una prohibición de comprender, un veto formal al ejercicio de la inteligencia. La presteza en admitir esa imposición revela una alarmante debilidad de carácter y la eficacia casi diabólica del chantaje “políticamente correcto” que la produjo.
Traducción: Victor Madera