
Respuesta a un truhán de Boston
Mídia sem máscara, 29 de julio de 2004
Entre las reacciones a mis artículos sobre el Dr. Dawkins, destaca especialmente la del ingeniero José Colucci Jr., de la ciudad de Boston. Destaca, claro está, no por su contenido, en substancia no muy diferente de otras decenas más, sino por el hecho de haber sido publicada por el Observatorio de la Prensa, mientras que las demás me llegaron por e-mail o circularon por obscuras listas de discusión en Internet. Destaca, también, por su tamaño, cinco veces mayor que el de mis dos artículos juntos. Destaca, finalmente, por la forma tan peculiar con que articula sus argumentos, que merece un examen a parte. Dividiré, pues, mi respuesta en dos partes: la primera dedicada a la técnica expositiva del Sr. Colucci, la segunda a la substancia de la cuestión discutida, o sea, a los méritos y deméritos de las ideas de Richard Dawkins sobre la religión. Publico aquí la primera. La segunda llegará dentro de algunas semanas.
1. El Sr. José Colucci Jr. inicia su argumentación tachándome de ignorante, de obsesionado con el comunismo, de carente de civismo y de ostentador de una falsa valentía intelectual.
Inmediatamente después, comentando mi primer artículo, afirma: “Olavo de Carvalho, de manera típica, empieza descalificando a su oponente.”
¿Se tratará de un caso extremo de demencia senil, en el que el olvido del pasado reciente llega a cancelar el párrafo anterior apenas el enfermo comienza a escribir el párrafo siguiente? ¿O se trata sólo de la lengua doble de un hipócrita que encuentra bien en él lo que condena en mí?
Me inclino por esta última hipótesis, pues a ese admirador profeso y enfático de Richard Dawkins [1] no le falta un modelo al que imitar. Respondiendo a Richard Milton en un artículo del New Statesman, (Londres, 28 de agosto de 1992), Dawkins empieza, ya en la primera frase, llamando a su adversario “teórico de la tierra llana”, “mercader de los movimientos perpetuos” y “maníaco” (fruitcake). Sólo después entra en el asunto. [2]
En cambio, el primero párrafo de mi artículo en O Globo empieza resumiendo la opinión a ser comentada, sin decir nada, ni bueno ni malo, sobre su autor.
En el segundo párrafo, afirmo que la buena reputación científica del Sr. Dawkins no es unánime ni siquiera en el área de su especialidad y advierto que su opinión en materia de religión es la de un aficionado que opina en un campo que le es desconocido.
Son dos juicios de hecho, objetos de comprobación empírica. Como prueba del primero, cité el libro de Richard Milton, Shattering the Myths of Darwinism, no por admirarlo especialmente como insinúa el Sr. Colucci, sino por ser la obra de un periodista que, más que exponer su opinión personal, resume la de varios profesionales de la ciencia, entre ellos Stephen Jay Gould, evolucionista que no considera al Sr. Dawkins más que un granuja dotado de cierto talento. [3]
El segundo no necesita ser probado, pues es público y notorio que el Sr. Dawkins no ha publicado ni un solo trabajo en el área de la ciencia de las religiones, en la que creo, en contrapartida, tener cierta autoridad, si no como conferenciante constantemente invitado a hablar sobre el tema en instituciones religiosas y universitarias, al menos como autor de un estudio sobre historia islámica premiado en 1986 por la Universidad de Al-Azhar, desde hace siglos el principal centro de erudición religiosa musulmana del mundo.
Hay cierta diferencia entre empezar citando hechos y comenzar en tromba vomitando adjetivos infamantes. Entre mi artículo y el del Sr. Colucci (así como el del Sr. Dawkins sobre Richard Milton), el lector es libre de decidir cuál es el que “empieza descalificando al adversario”.
2. Entrando ya un poco en el meollo del asunto, el Sr. Colucci me acusa de “tergiversar las palabras ajenas”, falseando la declaración de Richard Dawkins. La imputación es grave. Si hubiera hecho eso, yo sería realmente un canalla. Veamos cómo lo demuestra el Sr. Colucci:
“En el periódico O Globo de 26/6/04, Olavo de Carvalho se mete con la afirmación de Richard Dawkins a Veja (edición 1.859, de 23/6/04) de que "el mundo tendría más paz si todas las religiones fuesen abolidas". Dawkins no dijo eso. La frase que aparece en la entrevista es: ‘Si pudiésemos abolir la religión o convencer a las personas de que sus religiones son ilusorias, probablemente ya no tendríamos más atentados suicidas’.”
¿El lector quiere informarme, por cortesía, cuál es la diferencia entre “el mundo tendría más paz” y “habría menos atentados suicidas”? Aunque esta última expresión no fuese una sinécdoque, como indiscutiblemente lo es, o sea, una alusión al todo mediante la parte; aunque, por tanto, el Sr. Dawkins quisiese sólo aludir a la eliminación de los atentados suicidas y a ninguna otra señal de mejora del estado de las cosas, ¿quién puede negar que el mundo sin hombres-bomba tendría más paz que con ellos? ¿Y cómo no ver que, según el Sr. Dawkins, la abolición de las religiones ayudaría a producir ese resultado, si fue exactamente eso lo que dijo?
¿Qué tergiversación hubo ahí? ¿El Sr. Colucci está borracho, se cayó en un barril de aguardiente cuando era pequeño, o todavía es pequeño y nunca salió de él?
No es nada de eso: sabe que está diciendo una trola, sabe que está intentando crear una falsa impresión de deshonestidad para predisponer al lector contra mí y prepararlo para tragarse trolas aún más peligrosas.
3. Convencido de que el lector no se dio cuenta de lo primera trola, el Sr. Colucci pasa a la etapa siguiente: imputarme “acusaciones livianas” hechas a Richard Dawkins, “científico con un brillante currículum”. La primera de ellas habría consistido en menospreciar injustamente una de sus realizaciones científicas, la invención de los biomorfos, diciendo que no consistió más que en “inventar figuras computadorizadas y considerarlas como seres vivos”. ¿Eso es modo de hablar de un gran descubrimiento científico? ¡Qué desfachatez! ¡Qué descaro! ¡Qué osadía de un ignorante entrometido! Los biomorfos, asegura el Sr. Colucci, no son nada de eso. Son, eso sí, “algoritmos que interactúan con el ambiente y entre sí, y dan origen a figuras que se parecen a los seres vivos”. Bien, por mi parte reconozco que así queda más bonito, más elegante. Pero nuevamente pido al lector que decida si hay alguna diferencia substancial entre eso y lo que dije yo. Para mí, no hay ninguna. Tanto es así que, si la redacción de mi frase fuese substituida por la del Sr. Colucci, el sentido de mi artículo permanecería intacto. Incluso puedo hacer ese cambio, si el Sr. Colucci insiste. Pero de ahí a llamarme “acusador liviano” sólo porque no cambié seis por media docena, la distancia es grande. Es precisamente la distancia que va del crítico honesto a un autentico acusador liviano.
4. Pero, dice el Sr. Colucci, no sólo soy un detractor liviano de quien merece respeto. Soy también un admirador liviano de quien no lo merece. Mi ídolo, según ese ingeniero de Boston, es Richard Milton, el periodista de Alternative Science y autor de Shattering the Myths of Darwinism. “Olavo de Carvalho trae a colación a Richard Milton, a quien admira por ‘haber reducido a nada’ las ideas del autor de El Relojero Ciego (Dawkins). Aceptar la autoridad de Milton en asuntos científicos - asegura él - es confesar en público ser más ignorante sobre la evolución que él mismo.”
No sería necesario explicar esto, pero las referencias a los libros sirven para abreviar los argumentos invocando directamente algún testimonio o documento. Sólo que, para el Sr. Colucci, una referencia no es eso. Referencia es devoción. Citar un libro - al menos cuando quien lo hace soy yo - es prestar culto, es prosternarse ante un altar, es invocar una sabiduría superior. Luego, si cité a Milton, soy su devoto seguidor, ciegamente confiado en la autoridad de mi gurú.
Revisando mi artículo, no encuentro en él ni una sola palabra de alabanza a Richard Milton, sino sólo la mención breve y concisa al hecho de que en su libro hace añicos algunas ideas de Dawkins. Incluso se puede discutir la validez de las objeciones que él aportó, y, para cualquier mente sana, citar el libro en el que se hallan no es refrendarlas automáticamente, ni mucho menos festejarlas como la última palabra, el magister dixit sobre el asunto. No es más que mostrar que existen y dar al lector la oportunidad de investigarlas por sí mismo.
Nunca se me ocurrió - ni nada en mi artículo sugiere eso - que Milton fuese especialmente admirable (ni tampoco despreciable) por haberlas presentado, incluso porque en general los argumentos con que lo hace no son suyos, sino de varios científicos anti-evolucionistas allí citados. Mencioné el libro, como ya he explicado, sólo como señal de que la buena reputación de Dawkins no era unánime, y ya la simple existencia de esa obra lo prueba.
Alterar el sentido de las palabras del adversario para darles artificialmente una apariencia ridícula es uno de los recursos más bajos de la pseudo-retórica que los antiguos llamaban erística, a cuyo estudio consagré las ciento y pico páginas de mi comentario a la obra que Schopenhauer escribió al respecto.
Pero transformar una simple referencia en prueba de admiración ya ni siquiera es erística: es un recurso bobo de desdén pueril.
5. Bobo, claro está, cuando se analiza aisladamente. El uso que el Sr. Colucci hace de él en el conjunto de su argumentación es de una astucia verdaderamente criminal. Una vez endilgada al lector la farsa de que soy un devoto seguidor de Richard Milton, ¿cuál es el paso siguiente? Desacreditar a Richard Milton para alcanzarme de rebote. El procedimiento es muy conocido. Se llama, en erística, “muñeco de paja”, y ya ha sido utilizado muchas veces contra mí. Consiste en atribuir a un autor ideas que no tiene y, destruyéndolas con la mayor facilidad - pues fueron concebidas para ese objetivo -, simular haberlo derrotado gloriosamente.
La malicia especial del Sr. Colucci consiste en que, usando a Richard Milton como muñeco de paja para simular la victoria en su discusión conmigo, ataca la reputación de Milton, precisamente, por medio de la acusación de haber usado la misma táctica del muñeco de paja contra Richard Dawkins:
“Milton usa la estrategia [4] conocida como ‘muñeco de paja’: construye un simulacro ridículo de las ideas del adversario - el muñeco de paja - y lo destruye para cantar victoria.”
Si de hecho Milton hace eso con Richard Dawkins, lo veremos en la segunda parte. De momento basta observar lo siguiente: hace falta mucha práctica en estudios retóricos para percibir que la acusación de construir un muñeco de paja está siendo usada, en el mismo acto, como paja para construir un segundo muñeco. El lector común no tiene esa práctica y, una vez desviados sus ojos hacia la canallada que supuestamente hizo Milton con Dawkins, ni de lejos se da cuenta de que la mismísima canallada está siendo hecha conmigo delante de sus narices.
Es la aplicación más literal y exacta de la receta leninista para destruir a los enemigos: “Acúsales de lo que haces tú, llámales lo que eres tú.”
6. Pero, por increíble que parezca, un solo muñeco de paja escondido detrás de otro no contenta la voluptuosidad constructiva del ingeniero. Para completar la patraña hace falta además inventarse un Olavo de Carvalho creacionista y, arreando sopapos a ese simulacro, jurar que me está pegando a mí.
Ya en el primer párrafo el Sr. Colucci le endilga al lector la trola de que soy no sólo un adepto de esa teoría, sino un ardoroso portavoz local de sus teóricos americanos:
“El creacionismo es la concepción de que los seres vivos fueron creados tal cual son por el creador omnipotente. Si el lector piensa que eso es una rareza americana que nunca llegará a los trópicos, es mejor volver a pensárselo. Gracias a los esfuerzos de algunos religiosos fundamentalistas, el creacionismo empieza a organizarse en Brasil. Como los creacionistas no hacen ciencia, y no cuentan con el soporte de evidencias, pesquisas y teorías mínimamente plausibles, su obsesión es criticar la evolución y a los evolucionistas, o lo que consideran como fallos de éstos. Para esa tarea cuentan con la ayuda ocasional de algún que otro ignorante en ciencia que les defiende en la prensa con fervor, digamos, religioso.”
Evidentemente el Sr. Colucci no me preguntó qué pienso sobre el creacionismo. Me atribuyó la teoría más conveniente para sus propósitos, escondiendo su procedimiento marrullero tras la acusación hecha a Milton de emplear esa misma marrullería.
Si me lo hubiera preguntado, le habría pasado estos apuntes míos del Seminario de Filosofía de 2002:
Evolucionistas y creacionistas
Olavo de Carvalho
5 marzo 2002
Tal vez no haya señal más elocuente de la miseria mental de nuestros tiempos que el debate entre evolucionistas y anti-evolucionistas. Nunca tanta información científica ha sido usada al servicio de ideas tan simplonas y filosóficamente insostenibles.
Invariablemente la cuestión toma el rumbo de un enfrentamiento entre la combinatoria espontánea y la idea de un “propósito” de la creación. Si fuese posible probar que el hombre como especie biológica nació de unas adaptaciones oportunistas a las exigencias del medio ambiente físico, creen los materialistas, se habría destruido la hipótesis de un plan inteligente en la ingeniería de la creación. Inversamente, para sustentar esa hipótesis, será necesario reducir cada paso de la historia natural a una etapa lógica de un largo silogismo cosmogónico cuya premisa mayor serían las metas fijadas por Dios antes de la creación del mundo.
En términos aristotélicos, es una disputa entre causas eficientes y causas finales. El método consiste, por tanto, en examinar las primeras para saber si se bastan a sí mismas o si postulan una explicación finalista suplementaria.
El papa actual del evolucionismo, Richard Dawkins, simplifica aún más el enunciado del problema: se trata sólo de saber si unas “organizaciones complejas”, como los hombres y los ordenadores -- y los hombres que fabrican ordenadores -- pueden ser explicadas a partir de meras combinaciones exitosas o si requieren un plan inteligente. Si la sucesión de combinaciones no deja ningún espacio para las causas finales, adiós a las causas finales. Los adversarios del evolucionismo, por eso, son pertinaces buscadores de hiatos en la sucesión de combinaciones oportunistas (o causas eficientes).
Nadie parece ahí darse cuenta de que la finalidad de cualquier cosa transciende, por definición, la existencia material de esa cosa. Ningún ente, examinado en las minucias de su constitución inmanente, revelará jamás su finalidad, porque esta, si existe, sólo puede realizarse más allá de él. Algunas señales que insinúen una finalidad tal vez puedan encontrarse en el cuerpo de lo inmanente, pero siempre junto con indicios contradictorios que al menos parecen desmentirla. Si la finalidad estuviese explícita, manifiesta, nítida en la actualidad corporal del ente, hasta el punto de poder ser probada empíricamente como un dato sensible, estaría, por eso mismo, plenamente realizada en la existencia actual, sin ninguna necesidad de un salto hacia lo transcendente.
Más aún, ningún hecho, por más simple que sea, puede producirse sin el encadenamiento completo de sus causas eficientes, incluso accidentales. Si por explicación se entiende la reconstitución intelectual de ese encadenamiento, todo y cualquier acto o acontecimiento puede ser enteramente “explicado” por sus causas eficientes, sin ninguna necesidad de una causa final. Ésta sólo aparece por el sentido total del resultado último, que se extiende más allá de la materialidad del hecho mismo.
Por ejemplo, toda la sucesión causal de gestos que un carpintero realiza para construir una mesa tiene que poder ser explicada por las causas psicofisiológicas y procesos mecánicos puestos en movimiento durante la operación. Si falla uno sólo de esos elementos, la mesa no llegará a existir. Luego la sucesión de las causas eficientes no puede ser incompleta. Si dependiésemos de eso para poder apostar por una causa final de la mesa, jamás las mesas tendrían ninguna finalidad o utilidad. La finalidad -- y por tanto la intención -- sólo se revela en el sentido de la forma final, así como éste se revelará en el uso que alguien pueda hacer de la mesa. Este sentido evidentemente está más allá de la sucesión de gestos del constructor, y por tanto también más allá de la operación total de la construcción de la mesa. Ningún examen de las operaciones realizadas por el carpintero, así como de las transformaciones sufridas por la madera durante esas operaciones, nos dirá jamás para qué sirve una mesa o qué tenía “en mente” el carpintero al construirla. Es verdad que el uso previsto determina la forma esencial de la mesa; pero la conexión entre la forma esencial y la secuencia de la construcción es meramente accidental, ya que hay muchas maneras de construir una mesa. Luego el conocimiento de esa secuencia, por sí sola, no puede mostrar el propósito final más a quien lo conozca de antemano.
¡Si esto es así para la simple fabricación de un artefacto, cuanto más lo será para la totalidad operante de la naturaleza universal!
Sin embargo, los evolucionistas no cesan de intentar completar la descripción en detalles del proceso originante de los seres de la naturaleza, con la esperanza de suprimir las causas finales, y los anti-evolucionistas no dejan de buscar hiatos en ese proceso, con la esperanza de salvarlas.
La dosis de memez filosófica necesaria para empeñarse en cualquiera de esas líneas de argumentación es formidable.
En rigor, sería inconcebible, metafísicamente, un mundo creado que mostrara claramente, en los lineamentos de su construcción material, la prueba de su finalidad. La razón de eso es simple. Ninguna realidad concreta puede consistir solamente en sus rasgos esenciales, reveladores de su naturaleza. Todo lo que existe requiere, para existir, el concurso de un número ilimitado de accidentes que preparan, acompañan y sustentan su existencia. La posibilidad de localizar, en esa red de accidentes, la línea nítida de una “finalidad”, es prácticamente nula. Señales, indicios de la finalidad, ciertamente existirán, pero siempre mezclados con una masa oscura de accidentes fortuitos que al menos parecerán desmentirla y que la desmentirán aún más si, con la esperanza de encontrarla, rebuscamos en cada uno de ellos tratando de descubrir las causas eficientes que los produjeron; pues nada sucede sin causa eficiente y el descubrimiento de las causas eficientes que produjeron los accidentes puede proseguir indefinidamente, sin que jamás se reconstituya la lógica del todo.
Por ejemplo, la ejecución de una sinfonía consiste en un gran número de gestos corporales y efectos mecánico-acústicos que, rastreados uno a uno, diluirán cada vez más la forma final de la sinfonía en un caos de procesos fisiológicos y físicos en los que será imposible encontrar la menor señal de una “idea musical”. Es deplorable el esfuerzo con el que los anti-evolucionistas se empeñan en demostrar la existencia de la Quinta Sinfonía de Beethoven mediante la revelación de hiatos causales en la fisiología de los músicos y en la mecánica de los instrumentos. Es grotesco el aire de triunfo con el que los evolucionistas, rellenando esos vacíos, creen haber demostrado la no existencia de Beethoven.
Ni el evolucionismo ni el anti-evolucionismo son teorías científicas, porque ninguno de los dos puede ser legitimado o impugnar al otro excepto por una acumulación ilimitada de pruebas y contrapruebas.
La discusión sólo sigue porque es posible que alguien conozca mucha biología ignorando al mismo tiempo los principios de la lógica científica, mientras su adversario conoce mucha teología sin tener la menor idea de cuánto depende de los presupuestos metafísicos.
El mismo argumento, más resumido, fue presentado en mi artículo “Evolución y mito”, publicado en el Jornal da Tarde de 6 de mayo de 2004:
“Las discusiones normales sobre evolucionismo y creacionismo, ciencia y fe, espiritualismo y materialismo, son en general muy pobres en comprensión filosófica, en comparación con la riqueza de datos y argumentos que ponen en juego. Si tuviese que meter mi cuchara en este tema lo haría sólo con la intención de llamar la atención sobre algunas precauciones básicas que han sido bastante descuidadas en dicho asunto.
Es que el ser humano sólo tiene tres lenguajes para dar forma a lo que aprehende en la realidad: el mito, que expresa compactamente las impresiones de conjunto; la ciencia experimental, que describe y explica los grupos particulares de fenómenos según un protocolo convencional de métodos y razonamientos; la filosofía, que establece la transición entre los dos anteriores. Todo conocimiento satisfactorio de los orígenes escapa necesariamente a las posibilidades de la ciencia, ya que su descubrimiento no sería más que un capítulo del mismo proceso cósmico que se pretende explicar y no un milagroso arrebato de la mente científica hacia fuera y por encima del proceso. Un evolucionismo consecuente tendría que explicarse a sí mismo como una etapa de la evolución, pero para eso se vería obligado a renunciar a su pretensión de veracidad literal y a aceptar no ser sino un símbolo provisional, uno más después de tantos otros, sujeto, como todos ellos, a convertirse tarde o temprano en su contrario. La única verdad del evolucionismo es la de una contrapartida dialéctica del creacionismo, así como ningún creacionismo puede existir sin dejar abierta alguna brecha evolucionista.
(…) Tanto el evolucionismo como el creacionismo son mitos, es decir, narrativas analógicas, insinuaciones finitas de un contenido infinito, separadas de su sentido por un abismo tan inconmensurable como ese mismo sentido.”
Es muy difícil hacer del autor de esos textos un “creacionista” en el sentido en que el término es empleado en las discusiones normales en pro y en contra del evolucionismo. Mucho más difícil es hacer de él un fanático empeñado en defender el creacionismo “con un fervor, digamos, religioso”. Para inventar ese personaje, el Sr. Colucci tuvo que ir más allá de la mera falsificación y entrar en el campo de la pura creatividad.
¿Pero para qué iba a perder tiempo el ingenierillo de Boston con el mero detalle de investigar cuáles son las ideas de un autor, si era más cómodo atribuirle otras, más estereotipadas y toscas, más fáciles de exponer al ridículo?
La expresión “fundamentalismo religioso” está ya tan cargada de connotaciones negativas, y el creacionismo tan asociado a la imagen de los fundamentalistas, que lo más práctico era construir sin más un espantapájaros con esos materiales y, destruyéndolo, dar al adversario por derrotado por k.o. técnico (y derrotado doblemente, como “creacionista” y como “admirador de Richard Milton”) antes incluso de empezar a discutir el contenido de sus argumentos, es decir, el compromiso del darwinismo con las ideologías totalitarias y el “paralaje cognitivo” imputado al Sr. Richard Dawkins.
Sí, porque el escrito del Sr. Colucci es extenso, y sólo entra en esos dos asuntos tras un largo rodeo dedicado a la operación preliminar de construir dos muñecos de paja y destruirlos para predisponer al lector contra mí, preparándolo para asumir a ciegas el resto del embuste como quien comparte las delicias de una victoria asegurada de antemano.
A estas alturas, etiquetado ya como creacionista fanático, fundamentalista ciego, falsificador de declaraciones ajenas y admirador de ignorantes, ¿con qué cara me presento ante el lector para defender mis opiniones? Con la cara pisoteada y destrozada de los muñecos que el Sr. Colucci tan ingeniosamente construyó, tan cuidadosamente camufló tras los rasgos del muñeco atribuido a Richard Milton y, finalmente, tan valientemente destruyó en el escenario de su teatrillo verbal.
El examen de los procedimientos argumentativos del Sr. Colucci no deja margen a la duda: estamos ante un truhán consumado.
¨1] No he atribuido al Sr. Colucci esa admiración a Dawkins por mera conjetura liviana como él me atribuye (v. infra) similar devoción por Richard Milton. Sólo resumo sus propias palabras: Dawkins, según él, es “un científico con un currículum brillante”, “goza de prestigio tanto entre los científicos como entre el público lego, es culto e inteligente, posee una prosa concisa y elegante”. Sólo le faltó decir que es un guaperas.
[2] En otro artículo, Dawkins llamó a Milton “insano”, “estúpido” y “necesitado de asistencia psiquiátrica” (“loony, stupid and in need of psychiatric help”). Al mismo tiempo, escribió cartas a varios periódicos y canales de TV, advirtiendo que Milton era un peligroso creacionista (Milton no es creacionista ni de lejos), al que se tendría que negar toda oportunidad de hablar al público.
[3] Veremos más adelante otros tres recursos usados por el Sr. Colucci en esta parte de la discusión: (1) la falsa calificación en bloque de las fuentes de Milton como “autores notoriamente comprometidos con el creacionismo bíblico”, (2) la mentira difamatoria pura y simple (“los creacionistas no hacen investigación experimental”) y, en base a los dos anteriores, (3) la negación de oír los argumentos del adversario, por medio de su descalificación a priori.
[4] Perdónenle al Sr. Colucci el no conocer la diferencia entre estrategia y táctica. Al fin y al cabo no es más que un ingeniero.