
Olavo de Carvalho
O Globo, 6 de diciembre de 2003
A los brasileños les importa muy poco captar el significado de las palabras, pero, en compensación, son hipersensibles al tono, al énfasis, al pathos emocional con que son pronunciadas. Al juzgarlo todo con ese criterio auditivo o epidérmico, casi siempre llegan a conclusiones que son la inversión simétrica de la realidad.
El ejemplo de esta semana nos llega del Sr. ministro de Educación, Cristovam Buarque, que, por no utilizar nunca esa retórica de carnicero tan característica del Sr. João Pedro Stedile, es considerado un primor de equilibrio y moderación, como un demócrata contrario a los radicalismos y las truculencias. Incluso quienes le desprecian no ven en el más que un orador inocuo, el equivalente intelectual del placebo, o, por no salirnos del dominio de la farmacopea, el genérico del Consejero Acácio.
Para que Uds. vean que no siempre el estilo es el hombre, esa dulce criatura acaba de confesar en público una de las intenciones más brutales y prepotentes que jamás hayan pasado por el corazón de un político en este país. En un reciente seminario en Brasilia, ha dicho que la universidad brasileña tiene que inspirarse en el radicalismo del MST [Movimiento de los Sin-Tierra] y convertirse en una máquina de guerra ideológica, “en una amenaza contra los ‘conservadores’”. Los periodistas que le escucharon lo entendieron perfectamente bien, pero, como hinchas petistas y guardianes de la imagen convencional del Sr. Buarque, no quisieron reconocer en sus palabras su obvio sentido de predicación totalitaria y prefirieron dar la impresión de que no había hecho más que un llamamiento a que las universidades cumpliesen su tarea normal de ser un espacio abierto al debate de las ideas. Con eso, dieron a la propuesta del ministro la eficacia letal de un mensaje cifrado, destinado a ser comprendido solamente por el círculo interno de los revolucionarios, encargados de la realización del proyecto, sin despertar sospechas en el ámbito más amplio de la opinión pública, es decir, de los que un día tendrán que pagar las consecuencias del proyecto realizado. Pero, tanto si el público se da cuenta como si no, la libre discusión de las ideas en la universidad es exactamente lo contrario de lo que el ministro ha propuesto. Una institución que se abre democráticamente a todas las corrientes de opinión no puede, al mismo tiempo, cerrar filas contra una de ellas, y mucho menos hacerlo hasta el punto de convertirse, para ella, “en una amenaza”. Y en este punto el Sr. Buarque no podía haber sido más claro. No dijo que deseaba un debate, dentro de la academia, entre los conservadores y sus adversarios, izquierdistas, progresistas o como se les quiera llamar. Dijo, sin la menor atenuación ni ambigüedad, que “la” academia, como un todo, debe embestir con la fuerza unificada de un bloque ideológico contra los conservadores, y hacerlo con la “radicalidad” del MST. ¿Qué espacio se les concede a las ideas “conservadoras” en el MST? Ésa es exactamente la cuota de libertad de la que tienen que disfrutar en la universidad ideal del Sr. Buarque.
No sé bien qué es lo que el ministro quiere decir con “conservadores”. Sean lo que fueren, algo queda claro: en opinión de S. Excia., su lugar no está en la universidad, enseñando, exponiendo y debatiendo: está fuera, recibiendo los ataques que le vienen de dentro. Sería cuestión de preguntar: ¿pero dónde están ahora sino precisamente ahí? ¿Hay alguien en este país que ignore que el pensamiento conservador y liberal ya está excluido de nuestro ambiente universitario? ¿Hay alguien que aún no ha sido informado de que los autores más estudiados y cacareados en los medios académicos brasileños son Marx y Gramsci, mientras que los pensadores antimarxistas importantes, un Russel Kirk, un Von Mises, un Irving Kristol y todos los otros de su misma línea son sistemáticamente omitidos? ¿Hay alguien tan inculto que no lo sepa, o tan cínico como para fingir que no lo sabe? El Sr. ministro es una cosa o la otra. Para él, los pocos conservadores y liberales que quedan en la academia, marginados, acosados, intimidados, constituyen ya un número excesivo, suficiente para hacerle considerar el pensamiento brasileño como “profundamente conservador”. Como si hubiese, en nuestras universidades, un festival de apologías del capitalismo y no un florecimiento cancerígeno de homenajes al Che Guevara, de revisionismos históricos comunistas, de teologías y filosofías “de la liberación”, de “derechos alternativos” y de mil y un marxismos recauchutados más. Como si yo mismo, cada vez que he comparecido en una universidad pública, por invitación extra-oficial y casi confidencial de grupos minoritarios, no hubiese sido advertido siempre de que, con mi persona, entraba allí un discurso antimarxista por primera vez en varias décadas – y por la puerta trasera.
¿El ministro no sabe nada, o hace como que no sabe nada? ¿Es un ignorante o un cínico? No tengo la menor idea, pero un hombre que, para imponer su concepción totalitaria, desprecia hasta tal punto las evidencias más patentes, no es ciertamente un “moderado” ni un Consejero Acácio: es un sectario peligroso, un fanático ciego, un militante intoxicado de ideología, que, en nombre de las ambiciones de su partido, se permite pisotear sin el menor escrúpulo de conciencia los deberes de la honestidad intelectual que, por el cargo que ocupa, le correspondería representar en grado eminente.
Nunca, a lo largo de la Historia de Brasil, una concepción tan policial y dictatorial de la universidad ha sido defendida de manera tan explícita. Nunca una doctrina educativa tan abyecta y hedionda ha sido defendida en voz alta por una autoridad federal. Hasta el público que la aplaudió de cerca, por cierto, fue el apropiado para la ocasión: al lado de Sr. Buarque estaban en esa ocasión el ministro de Educación de Cuba, país donde la reducción de la universidad a condición de arma de guerra ideológica ya no es un ideal sino un hecho, y el de Sudán, tiranía esclavista y genocida empeñada en la sistemática matanza de los cristianos. El discurso del Sr. Buarque no pudo haber tenido un público más apropiado.