El Dalai Lama se adhiere al marxismo

Olavo de Carvalho

O Globo, 14 de junio de 2003

 

 

“El sistema del marxismo está fundado en principios morales, mientras que el capitalismo sólo está relacionado con la ganancia y la rentabilidad... No considero a la ex-URSS, ni a la China, ni siquiera al Vietnam, verdaderos regímenes marxistas... Pienso que [su] fallo principal es que pusieron mucho énfasis en la necesidad de destruir a la clase gobernante, en la lucha de clases, y eso estimula el odio y el abandono de la compasión... Pienso en mí como medio marxista, medio budista.”

 

Tenzin Gyatso, el Dalai Lama, puede imaginarse lo que le dé la gana, o la mitad de lo que le dé la gana, pero, para mí, a partir de esa declaración, es imposible no considerarle medio mentiroso, medio idiota. El sujeto en cuestión está exilado desde hace cincuenta años y encima miente a favor de la ideología que lo expulsó, que ha matado a un millón de compatriotas suyos y que ha hecho de todo por destruir la tradición budista en el Tíbet.

 

En ese breve párrafo, que reproduzco de la página budista http://www.geocities.com/sakyabr3/diretorios.html, “S. Santidad” añade el disparate lógico a la mentira histórica para poder dar el respaldo de su autoridad espiritual (suponiendo que todavía le quede alguna después de eso) al mayor fraude ideológico de todos los tiempos: la campaña mundial para limpiar la imagen del marxismo, eximiéndolo de toda responsabilidad en los regímenes genocidas que creó (cfr. Jean-François Revel, La grande parade).

 

Todo el que haya leído a Karl Marx y a los teóricos del liberal-capitalismo sabe que, en estos últimos, las preocupaciones morales ocupan el primer lugar, mientras que en aquél están ausentes por completo. De John Locke a Bertrand de Jouvenel, de Adam Smith a Alain Peyrefitte, de Aléxis de Tocqueville a Russel Kirk, la justificación del capitalismo es de orden esencialmente moral. Marx, en cambio, no oculta su desprecio por las leyes morales de cualquier especie, a las que niega toda substancialidad, convirtiéndolas en meras superestructuras de la economía, es decir, en discursos de legitimación de los intereses de clase, sean esclavistas, feudales, burgueses o proletarios. Lo único que Marx alega en contra del capitalismo es que, a partir de un cierto punto, frena el desarrollo de los medios de producción que él mismo creó, es decir, se vuelve improductivo. No es un argumento moral sino económico, histórico y técnico. Y, además, falso: lo que frena el desarrollo de las fuerzas productivas es la burocracia estatal socialista (que lo diga, si no, nuestro 41% de impuestos).

 

Para más inri, el recurso al genocidio como medio razonable de acción revolucionaria está en los propios escritos de Marx y no es de ningún modo un desvío posterior. A Marx, entusiasta de la selección darwiniana, le parecía lógico y deseable que, en la transición revolucionaria, el socialismo eliminase “unos cuantos pueblos inferiores” (sic), especialmente orientales. El destino de los seguidores de “S. Santidad” ya estaba claramente anunciado en esas palabras.

 

No es que, alejándose de Marx, sus seguidores y discípulos tardíos adhiriesen a un maquiavelismo cruel, sino que, avergonzados de la ostensible amoralidad del maestro, maquillaron sus palabras para darles un aparente sentido sentimentaloide, humanitario y hasta cristiano (cfr. Erich Fromm, El concepto marxista del hombre; Roger Garaudy, Perspectivas del hombre). A tal fin, desenterraron textos de su juventud que parecían tener un vago sentido de indignación contra el mal — pero, prudentemente, cambiaron de tema cuando empezaron a aparecer poemas de satanismo explícito en los que el joven Marx se mostraba todavía más malicioso y torpe que el Marx adulto (cfr. Richard Wurmbrand, Marx y Satán).

 

“S. Santidad”, en sus ansias locas de hermosear al marxismo, no se limita a eximirlo de su responsabilidad en las consecuencias de su aplicación: lo purifica hasta de su contenido teorético explícito, haciendo de la lucha de clases un añadido accidental posterior, cuando en realidad es el núcleo esencial, el centro mismo de la teoría marxista. El marxismo sin la lucha de clases es como la geometría de Euclides sin puntos, rectas y planos.

 

Decir que los regímenes de la URSS, de China y de Vietnam se apartaron del marxismo al concentrarse en la lucha de clases es lo mismo que decir que Fernandinho Beira-Mar se apartó del narcotráfico al comprar cocaína a las Farc. Es el nonsense completo, que un conocedor de la materia no tiene derecho a proferir ni siquiera en estado de embriaguez.

 

No faltará quien explique las palabras de “S. Santidad” por un deseo patriótico de calmar la saña del invasor chino. Pero, en ese caso, sus palabras valen lo mismo que las de los cardenales alemanes que hacían discursos pro-nazis con la excusa de amansar al Führer (cfr. Eric Voegelin, Hitler and the Germans).

 

Tampoco faltará quien, tras no haber dicho jamás ni pío contra la persecución anti-budista en el Tíbet, se haga el escandalizado por la dureza de esta crítica mía al líder de los budistas — como si recordarle sus deberes a una autoridad espiritual relapsa fuese crimen mayor que matar a un millón de sus discípulos.

 

Pero, en el fondo, no es extraño que hasta el Dalai Lama acabe prosternándose a los pies del Gran Satán comedor de monjes. Al fin y al cabo, ¿no ha hecho lo mismo la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB)? ¿No se han aliado Iglesias evangélicas enteras con el partido que defiende a las Farc? ¿No han salido a la calle, en masa, cardenales y pastores para proteger al monstruoso régimen de Sadam Husein?

 

El Evangelio no bromeaba cuando anunciaba que el reino de la mentira llegaría a seducir hasta a los elegidos.

 

***

 

Cada vez me sorprende más la duración sin fin del silencio nacional en torno a la obra de J. O. de Meira Penna. Es un escritor maravilloso, divertido, sabio y lleno de vida. Desde Psicología del subdesarrollo hasta el más reciente De la moral en economía, nunca he leído una línea suya que no me pareciese merecer la atención de todos los intelectuales del país. Son éstos los que no han sabido merecérselo.

 

Es prejuicio izquierdista, dirá el lector. Pero, en Brasil, izquierdismo y prejuicio es lo mismo. El menú de lecturas de la izquierda nacional está limitado por una dieta rigurosa, programada para excluir toda posibilidad de contaminación por ideas que, de ese modo, cuanto menos conocidas son, tanto más fáciles de odiar se vuelven.