Más paralaje

Olavo de Carvalho

O Globo, 28 de diciembre de 2002

 

 

Algunos lectores me piden más explicaciones sobre el "paralaje conceptual" que mencioné el otro día. Voy a intentarlo.

 

Toda afirmación filosófica sobre la realidad en general, la humanidad en general o el conocimiento en general, incluye necesariamente, entre los objetos a los que se aplica, la persona real del afirmante y la situación del contexto en el que se ha hecho la afirmación.

 

Todo lo que un hombre diga sobre esos asuntos lo dice también sobre sí mismo. Nadie tiene el derecho de constituirse, sin más, en la excepción de una teoría que pretende versar sobre el género o la especie a la que él mismo pertenece.

 

Esa elemental precaución metodológica fue olvidada prácticamente por todos los filósofos más importantes del ciclo llamado "moderno", así como por muchas de las escuelas de pensamiento que dominan el universo intelectual contemporáneo.

 

Como resultado, tenemos una imponente galería de doctrinas que no nos dicen nada sobre el mundo en el que fueron producidas, ni mucho menos sobre las personas reales que las crearon, pero que nos lo dicen todo sobre un mundo inventado que no incluye a dichas personas y que éstas se limitan a observar desde fuera, desde un imaginario puesto privilegiado de observación. Ese puesto de observación corresponde, estructural y funcionalmente, al del "narrador omnisciente" de las obras de ficción, que no es afectado por el desarrollo de los acontecimientos narrados. Esas filosofías, construidas con una técnica ficcional, pero totalmente inconscientes del método que utilizan, son obras de ficción que no se atreven a presentarse como tales.

 

Algunos ejemplos:

 

1) Descartes dice que va a examinar seriamente sus propios pensamientos y empieza a hacerlo en forma de introspección autobiográfica. A medio camino pierde el hilo de su yo personal y concreto, de su yo biográfico, y comienza a hablar de un yo genérico y abstracto: el "yo filosófico". Él ni se da cuenta del salto y piensa que continúa haciendo autobiografía cuando lo que está haciendo es tan sólo construcción lógica. Acaba creyendo que él es realmente ese yo filosófico, bajo cuya sombra el yo real desaparece por completo. Resultado: su auto-observación cae en los errores más burdos, como por ejemplo el de olvidar que la continuidad temporal del yo es un presupuesto del cogito y no una conclusión obtenida de él.

 

2) David Hume afirma que nuestras ideas generales no tienen ningún valor cognitivo, porque sólo son aglomerados fortuitos de sensaciones corporales. En ningún instante se da cuenta de que la filosofía de David Hume, al estar compuesta, también ella, por ideas generales formadas de ese modo, tampoco puede valer gran cosa. El estado de alienación del filósofo al crear su filosofía no podría ser más completo.

 

3) Maquiavelo enseña que el Príncipe debe conquistar el poder absoluto para librarse en seguida de los que le ayudaron a conseguirlo. Ahora bien, ¿quién puede haber ayudado más al Príncipe que el filósofo que le enseñó la fórmula de la conquista del poder absoluto? Si el Príncipe se lo tomase en serio, él mismo, Nicolás Maquiavelo, sería el primero en ser tirado a la basura junto con su libro, prueba del crimen. En contra de la alabanza general que consagra a Maquiavelo como el primer observador "realista" de la política, el Príncipe es un modelo idealizado que sólo puede ser descrito en literatura precisamente en la medida en que ningún contemporáneo logre encarnarlo en la realidad. La alienación llega al colmo cuando Maquiavelo afirma que todos los males del Estado provienen de los intelectuales contemplativos que, no pudiendo actuar en política, teorizan sobre ella -- que es precisamente lo que él está haciendo. Por cierto, Otto Maria Carpeaux ya hizo notar que la visión que Maquiavelo tiene de la política no es política: es estética.

 

4) Karl Marx asegura que sólo el proletariado, por ser la última y extrema víctima de la alienación, puede captar de modo realista el curso entero del proceso alienante y, por eso, librarse de él. Sólo el proletariado, en definitiva, tiene una conciencia histórica adecuada. ¿Pero no es algo extraordinario que el primero, precisamente el primero que personifica esa consciencia proletaria sea un burgués? No digo que eso sea imposible, pero, a la luz de la teoría marxista, es una excepción notabilísima e improbable. Karl Marx pasa sobre ella con la mayor inocencia, sin apreciar ni de lejos un desvío de enfoque, un paralaje entre el personaje que representa y el contenido de sus afirmaciones. En el mundo de Karl Marx, no existe Karl Marx.

 

Y por ahí va la cosa. Al examen meticuloso de esos y de muchos otros casos similares he dedicado mis cursos desde hace algunos años. El aspecto más interesante es la crítica ficcional de la filosofía ficcional. De hecho, los mejores analistas críticos de la alienación filosófica fueron los escritores de ficción, principalmente Dostoiévski, Kafka, Pirandello, Ionesco y Camus. Los demonios, El proceso, Enrique IV, El rinoceronte y El extranjero son piezas de un inmenso alegato literario contra las pretensiones de la filosofía moderna. Sirve aquí el contraste delineado por Saul Bellow entre el "intelectual" y el "escritor": de un lado, el constructor de alienaciones elegantes; de otro, el portavoz de las "impresiones auténticas", verdades a veces de cajón que hacen explotar el globo intelectual. ¿Ha quedado claro, no? Cuando sea mayor, quiero ser "escritor".

 

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Hablando de alienación: nuestro presidente electo parece no tener idea del follón en el que se ha metido al adoptar una línea de acción que supone la conciliación de lo inconciliable: por un lado, la alianza Lula-Bush; por otro, Lula-Chávez. Quizás esté  demasiado feliz con su ascenso social como para poder pensar en esas cosas horribles.

 

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Cuando Constantine C. Menges previó la inminente creación de una alianza Lula-Chávez, los medios de comunicación brasileños en bloque se unieron para denigrarlo. Pues bien, ahora la alianza está ahí. Ha sido hecha mediante una ostensible toma de posición del futuro gobierno brasileño en una disputa venezolana interna, y los periodistas que participaron en la campaña anti-Menges ni siquiera tienen la hombría de reconocer: "Nos equivocamos."