
Carta abierta al Diário de Notícias de Lisboa
y a los lectores portugueses en general
Olavo de
Carvalho
Publicado en www.olavodecarvalho.org
No sé si la ley portuguesa, como la brasileña,
garantiza automáticamente el derecho de réplica al ciudadano insultado por un
órgano de la prensa. De todos modos, los lectores del Diário de Notícias merecen información exacta, incluso sobre lo que
sucede en un lejano país de ultramar, y no es eso lo que están obteniendo del
Sr. Sérgio Barreto Motta, corresponsal del periódico en Rio de Janeiro.
En la edición del día 2 de septiembre de 2002 ese
señor me catalogó como "uno de los representantes de la extrema-derecha
brasileña". No contento con eso, encima añadió a la mentira el insulto,
afirmando que "Olavo de Carvalho defiende posiciones radicales de derecha
y, por eso, no es visto como un analista imparcial".
Alertado por un lector lisboeta, que conoce mis
ideas y por eso se sintió escandalizado ante afirmaciones tan estúpidas y
difamatorias, le concedo al Sr. Barreto Motta el plazo de un mes, a contar
desde la fecha de hoy, para que investigue y localice en mis escritos, si
puede, una única palabra en favor de cualquier partido, organización o doctrina
política de extrema-derecha. Para eso pongo a su disposición mis doce libros
publicados más todos los escritos de mi autoría transcritos en mi website (1). Mientras tanto no llamaré
al Sr. Barreto mentiroso, embustero o palurdo. Esperaré a hacerlo siempre y
cuando, examinado ese material con el debido rigor, no admita que se ha
equivocado.
En el ínterin, aclaro a los lectores del DN los
siguientes puntos:
Tras haber sido militante del Partido Comunista en
mi juventud, abandoné esa organización a los 23 años de edad y pasé dos décadas
examinando con la máxima imparcialidad posible, sin ninguna intención de hacer
alarde de mis conclusiones, los pros y contras de esa ideología y de las
prácticas políticas a ella asociadas. Esos estudios tomaron impulso aún mayor
después de 1990, cuando la apertura parcial de los Archivos de Moscú puso en
conocimiento del mundo, junto con un retrato más completo de los horrores del
régimen, las pruebas fidedignas de la acción subterránea del comunismo
soviético en Europa Occidental y en las Américas.
En 1996, viendo que el ascenso de comunistas y
pro-comunistas al dominio casi completo del establishment
universitario y de los órganos de los medios de comunicación había provocado
una caída sin precedentes del nivel de calidad de la producción intelectual
brasileña, publiqué un libro, El Imbécil
Colectivo: Actualidades Inculturales Brasileñas, que, satirizando sobre el
estado de las cosas, aunque lo hiciese desde un punto de vista más cultural que
político, despertó naturalmente contra mí el odio de la elite izquierdista, que
no supo qué responder a las críticas que yo le hacía, por la sencilla razón de
que eran verdaderas. Más furiosas aún se pusieron las lumbreras del
izquierdismo nacional cuando, en sus intentos de difamarme en la prensa, recibieron,
del ilustre desconocido que las desafiaba, respuestas que las desacreditaron
por completo y las expusieron al escarnio de millones de lectores. A partir de
entonces gané la reputación de polemista temible y, hasta el momento, invicto.
Nótese que eso pasó después de un período de quince años durante el que esas
personas gozaron de la admiración beatífica de la prensa, sin que tan siquiera
una leve crítica contra ellas hallase lugar en las páginas de periódicos y
revistas.
Escribí también otras obras, de cuño más puramente
filosófico y académico, que, hartamente elogiadas en altos círculos
intelectuales de Brasil y del Exterior, tuvieron su divulgación completamente
boicoteada por los medios de comunicación brasileños, fieles a sus viejas
lealtades e idolatrías.
Como resultado del éxito de mi primer libro, que
tuvo seis ediciones agotadas en dos meses, fui invitado, con gran escándalo de
muchos, a escribir artículos con periodicidad regular en O Globo (Rio de Janeiro), Jornal
da Tarde (São Paulo) y Zero Hora
(Porto Alegre). En esos artículos fui volcando las informaciones que había
recogido a lo largo de veinte años de investigaciones y las ideas que me había
formado en el estudio de ese material. Si bien es cierto que esos escritos
hacían críticas implacables al
totalitarismo comunista y a sus ramificaciones actuales, nunca expresaron una toma de posición en favor de ninguna
corriente política determinada, primero porque realmente no me identifico mucho
con ninguna (ni entiendo por qué debería hacerlo), segundo porque estoy
convencido de que el comunismo tiene que ser rechazado por razones morales,
religiosas y filosóficas generales, que no presuponen ninguna preferencia ideológica en particular.
Está claro que, personalmente, prefiero la vieja democracia liberal, pero ni
siquiera eso lo tengo en cuenta en mis análisis. No encuentro el menor sentido
en criticar una ideología en nombre de otra, y el argumento mismo de que no
existe un conocimiento supra-ideológico es una pura propaganda ideológica.
Para comprender mejor el impacto devastador que mis
artículos están teniendo en los medios de izquierda, hasta el punto de que nunca han sido respondidos más que con
insultos e intrigas de una bajeza sin par que revelan la total impotencia
argumentativa de mis detractores, es necesario estar informado acerca de
algunas peculiaridades de la vida brasileña.
En la década de los 60, la izquierda brasileña se
dividió en dos alas. Una se aventuró en las guerrillas. Otra se replegó en una
acción discreta, profunda y a largo plazo, basada en la estrategia de la
"revolución cultural" de Antonio Gramsci. La primera fue fácilmente
derrotada por los militares. La segunda tuvo campo libre para expandirse a
placer, porque el gobierno, ya temeroso de desagradar a la opinión pública con
la truculencia de las acciones que venía emprendiendo contra los guerrilleros y
terroristas, prefirió hacer la vista gorda ante el crecimiento de la llamada
"izquierda pacífica".
Coherente con la estrategia gramsciana, ese
crecimiento se produjo sobre todo hacia dentro de los medios de comunicación y
de las entidades estatales de educación y cultura, donde se desarrolló una
intensa y obsesiva actividad faccionaria, de la que, por cierto, fui
colaborador y cómplice durante algún tiempo. Al final de la dictadura, el
dominio que la izquierda ejercía sobre esos medios era ya completo e
incuestionable. A mediados de la década de los 70, el Partido Comunista y otras
organizaciones afines controlaban ya la totalidad de las plazas del periodismo
de São Paulo y de Rio de Janeiro. Una publicación oficial conmemorativa de los
60 años de existencia del Sindicato de los Periodistas de São Paulo, Jornalistas: 1937-1997 (2), muestra la
progresiva y, en definitiva, total identificación entre periodismo y militancia
pro-comunista en el mayor Estado brasileño. A partir de los años 80 toda
posibilidad de disputa ideológica ya había desaparecido de los medios
periodísticos, donde la hegemonía izquierdista llegó a ser tan avasalladora que
no quedaban periodistas suficientes para formar, en las elecciones sindicales,
una única candidatura que no fuese de izquierda. Lo mismo sucedía en todas las
universidades. La única discusión política posible se daba entre las diversas
facciones de izquierda, que divergían meramente sobre detalles estratégicos y
ambiciones personales -- una situación que, progresivamente ampliada desde los
círculos creadores de opinión hasta abarcar a la nación entera, acabó por
repetirse de modo idéntico en estas elecciones presidenciales de 2002, en que
todos los candidatos son de izquierda.
En suma, desde hace dos décadas, todas las noticias
que podrían perjudicar gravemente la imagen del socialismo son excluidas de la
prensa brasileña. Para hacerse una idea de la extensión del bloqueo, hasta hoy
no han sido divulgadas en los medios nacionales de comunicación las actas del
"Foro de São Paulo", congreso convocado por Fidel Castro y por el
actual candidato presidencial brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, que en 1990
puso las bases de la restructuración comunista y produjo el recrudecimiento de
las acciones terroristas en el continente. Ya se han realizado diez reuniones
del Foro, la última de ellas en La Habana, en el 2001, todas ellas articulando
la acción de los partidos izquierdistas legales con la narcoguerrilla, y
prácticamente nada de eso se publica en Brasil. Cualquier mención a la relación
entre bandidaje y política de izquierda se ha vuelto tabú, incluso cuando ese
vínculo es confesado por los propios agentes criminosos presos, como ha
sucedido con el traficante Fernando Beira-Mar y con los secuestradores de
Abílio Diniz y de Washington Olivetto. Tampoco se publica nada sobre el
genocidio comunista en el Tibet (aunque haya millones de budistas en Brasil),
sobre las persecuciones a los cristianos en el mundo comunista e islámico (150
mil muertos por año, según el cálculo de Michael Horowitz) y, sobre todo, nada
referente a las revelaciones de los Archivos de Moscú. El "cordon
sanitaire" se ha ampliado también a los libros. Obras fundamentales como las
de Jean-François Revel, Jean Sévillia, Christopher Andrew, Bernard Goldberg,
Arthur Herman, que ofrecen hoy a millones de lectores una noción más exacta de
lo que ha sido y es la acción comunista en el mundo, están completamente fuera
del alcance del público brasileño, y quien quiera que las mencione, hablando
solo en el desierto, da la impresión de ser un chiflado o un extremista que
inventa historias.
Es verdad que, en los medios periodísticos y
editoriales, hay muchas personas que ya dejaron de ser militantes comunistas --
pero, involucradas por los lazos de amistad y de lealtad grupal, obedecen
automáticamente a la voz de la elite organizada, y por nada de este mundo
arriesgarían su reputación en un enfrentamiento. Mi propio caso muestra que
basta muy poco para recibir una etiqueta de "extremista de derecha"
-- cosa que la mayoría teme como la peste.
Pero la fidelidad residual de ex-militantes no es
todo. El 5 de mayo de 1993, en declaraciones al "Jornal do Brasil",
la CUT, Central Única de los Trabajadores, federación de los sindicatos
comunistas y pro-comunistas, se fue de la lengua y admitió tener a sueldo nada
menos que a ochocientos periodistas, más del total de la suma de las
redacciones de los dos mayores periódicos brasileños, "O Globo" y
"Folha de S. Paulo". Eso representaba tal vez la mayor compra de
conciencias ya registrada en la historia del periodismo mundial y, junto con la
acción faccionaria ya mencionada, bastaba para explicar la amplitud del
bloqueo.
Sin embargo, lo que está aconteciendo es más que un
bloqueo. Es la utilización activa de la prensa para la destrucción de todas las
oposiciones que podrían ofrecer resistencia al ascenso de la izquierda.
¿Ustedes saben, por ejemplo, que el ex-presidente Collor de Mello, destituido
del cargo por acusación de corrupción, fue, aunque tardíamente, absuelto en la
Justicia de todas las acusaciones? ¿Sabían que en su contra no queda ya nada
sustancial, excepto el odio que le tributaban los intereses corporativistas
(íntimamente asociados a los partidos de izquierda) que él hirió con sus
medidas administrativas? No, ciertamente no lo saben. Tampoco lo sabe el pueblo
brasileño, pues la noticia, que no podía esconderse totalmente, fue publicada
con la discreción necesaria para no poner en evidencia retroactivamente a los
propios medios de comunicación, principales responsables de la destrucción
política del ex-presidente (de quien, por cierto, no fui elector ni lo sería
jamás, pues este tipo no me gusta nada).
Así como Collor, muchos otros han sido destruidos.
Su posterior absolución o es omitida o es escondida en un rincón de página,
para evitar que los políticamente indeseables vuelvan a escena.
Bajo la apariencia de "combate a la
corrupción", lo que se creó fue una dictadura de los medios de comunicación
izquierdistas, apta para destruir de un plumazo cualquier reputación. Líderes
de las famosas CPIs, Comisiones Parlamentarias de Investigación, han llegado a
admitir que no investigaban nada por sí mismos, que se limitaban a ratificar,
por miedo y servilismo, lo que se publicaba en la prensa.
Más aún, gracias a la solidaridad mutua de los
grupos de izquierda formal e informal, el Ministerio Público -- nueva fiscalía
federal, infestada de simpatizantes de la izquierda y dotada hoy de poderes
comparables a los del propio Presidente de la República -- actúa en estrecha
colaboración con los medios de comunicación. Cuando se trata de echar de la
política a algún tipo inconveniente, el fiscal llama a un reportero amigo suyo,
le pide que haga alguna denuncia conjetural contra el sujeto, y acto seguido el
recorte de la noticia es usado como "elemento de prueba" para
justificar la apertura de una investigación contra el infeliz. La investigación
es aireada en los medios de comunicación como prueba del crimen y, si al final
el acusado es absuelto (pues muchos jueces aún están fuera del esquema
izquierdista), eso ya no tiene importancia, pues el público no se entera de
nada y el resultado político deseado ya ha sido logrado.
Pero la obra de destrucción no se dirige sólo contra
políticos individuales. Los mismos periódicos que dan noticia de la presencia
de agentes de la CUT, de los Sin-Tierra y del espionaje izquierdista en general
dentro de la policía federal y de los servicios secretos del Ejército, de la
Marina y de la Aeronáutica, tratan ese hecho como si fuese algo inocente y sin
importancia. Pero, en contrapartida, denuncian como escándalo y conspiración
derechista cualquier simple vigilancia discreta que las Fuerzas Armadas o
policiales federales ejerzan sobre políticos de izquierda sospechosos de
relación con el narcotráfico. En esa curiosa y general inversión, el crimen se
vuelve legal, y el mantenimiento de la legalidad, un crimen. Recientemente, un
grupo de fiscales, conchabados con algunos periodistas, ha logrado arrebatar a
las Fuerzas Armadas un montón de documentos sobre la conexión entre partidos de
izquierda, narcotráfico y secuestros. Tras recurrir a la justicia, los
militares obtuvieron la devolución de los documentos, pero no antes de que
algunas copias circulasen por las redacciones de los periódicos y fuesen a
parar en manos de los propios sospechosos. Éstos, a su vez, están muy bien
organizados en materia de infiltración y espionaje. Noticias sobre la
existencia de una red de espionaje al servicio del PT (Partido de los
Trabajadores) aparecieron en 1993, gracias a una denuncia del gobernador del
Estado de Santa Catarina, Esperidião Amin, pero en seguida fueron acalladas y
el asunto jamás volvió a los periódicos. Lo que daba todavía mayor credibilidad
a esas denuncias era que el propio presidente del partido, diputado José Dirceu
de Oliveira e Silva, había trabajado durante muchos anos como agente del
servicio secreto cubano, hecho reconocido públicamente por sus compañeros de
militancia izquierdista. (2) Como el diputado negaba la existencia de lo que
humorísticamente el gobernador Amin había llamado PTpol, trabamos una polémica
en la prensa de la que Su Excelencia salió con el rabo entre las piernas,
callada y decidida a sofocar el asunto. A lo largo de los años, se han
multiplicado los episodios que configuran nítidamente un intento de usurpar de
las Fuerzas Armadas las funciones de los servicios de inteligencia,
transfiriéndolos a la militancia organizada en las redacciones de los
periódicos y en el Ministerio Público.
Los efectos políticos de este estado de cosas son
portentosos. Uno de ellos es que ya no hay en Brasil un solo político de
relieve o un solo partido importante que se aventure a asumir en público la
defensa de la economía de mercado y de la democracia liberal. Todos los que lo
hacían están hoy acobardados, acosados, replegados en la política regional, con
miedo de todo. Muchos muestran ya una nítida disposición a intentar sobrevivir
políticamente rebajándose a ser criados y siervos de la izquierda en ascenso.
Un segundo efecto es el desplazamiento global del
eje de los debates hacia la izquierda. Desaparecida la derecha, se pasa a
designar con ese nombre al ala más moderada de la izquierda, o sea, a los
socialdemócratas, y todo lo que esté un poco a su derecha es inmediatamente
tildado de "extrema-derecha". Este término, en Europa, se reserva
para los Le Pens y los neo-nazis. Utilizado en Brasil para designar a personas
e ideas totalmente diferentes de esos tales, conlleva, sin embargo, la misma
carga de connotaciones odiosas asociadas al término en el contexto europeo y
produce en el lector la misma reacción inmediata de repulsa que lo hará sordo,
de ahí en adelante, a todo lo que provenga de la boca del acusado. Es evidente
que, en tal ambiente de confusionismo provocado, yo mismo he acabado entrando
en esa clasificación. Lo que no me esperaba es que un observador europeo, como
el Sr. Barreto Motta, se prestase tan dócilmente a servir de peón en ese juego
pérfido de transposiciones semánticas difamatorias.
En verdad, las únicas tres organizaciones de
extrema-derecha activas en Brasil -- el Movimiento
de Solidaridad Latino-Americana del Dr. Enéas Carneiro (filial del
movimiento internacional del Sr. Lyndon LaRouche), la TFP, Tradición, Familia y Propiedad, y la Asociación Monfort de São Paulo -- me odian tanto como los
izquierdistas y compiten con ellos en la elaboración de escritos difamatorios
contra mí.
Para cúmulo de ironía, en la prensa brasileña soy el
único -- sin exageración: el único -- articulista que se opone a la nueva moda
de antisemitismo que, impulsada por la alianza entre la izquierda internacional
y los radicales islámicos, viene esparciéndose por el mundo y por Brasil. En
artículos recientes, he contado al público lo que sabía de los orígenes del Sr.
Yasser Arafat, discípulo devoto del líder pro-nazi Hajj Amin Al-Husseini, que
antes de la fundación del Estado de Israel fue a pedir a Hitler que extendiese
la "Solución Final" a los judíos de Palestina. Eso, obviamente, era
completamente desconocido para el público brasileño. También lo era el hecho de
que, en el atentado de Munich de 1980, los terroristas palestinos actuaron en
conexión con los neo-nazis del bando de Karl Hoffman. Pero, más que eso, he
mostrado también al público brasileño la perfecta sintonía entre el nuevo
discurso anti-israelita de la izquierda y la predicación de los movimientos
neo-nazis.
¿Qué hacer con un inoportuno que conoce todas estas
cosas y, con enorme perjuicio para la santa alianza sellada en el "Forum
Social Mundial de Porto Alegre", las divulga entre el público brasileño?
Contra un sujeto de esos, sólo queda una medida radical: marcarlo con el
epíteto infamante de "extremista de derecha", para que pierda la
respetabilidad y las personas dejen de prestarle atención.
El ambiente mental brasileño, trabajado por décadas
de "revolución cultural" gramsciana, ya está maduro para aceptar,
como verdad banal e incuestionable, que "liberalismo es fascismo" --
una sentencia cuya absurdidad ahorra cualquier comentario, pero que hoy es
repetida diariamente en los medios de comunicación y en cátedras académicas
como el nec plus ultra del
pensamiento humano. En ese ambiente, la simple defensa de la economía de
mercado, de la democracia liberal o del derecho de Israel a la existencia es
suficiente para colocar a un periodista en la "extrema-derecha",
atrayendo sobre él la sospecha de todas las personas de bien.
Una vez establecido que la única forma de democracia
admisible es la competencia entre los partidos de izquierda, que es
precisamente lo que tenemos en el Brasil de hoy, evidentemente cualquiera que
se revuelva contra eso debe ser un extremista de derecha, un fascista, un nazi,
un malvado y un chupador de sangre humana.
Nadie comprenderá nada de la situación política
nacional si no tiene en cuenta que Brasil ha sido el único país del mundo donde
la aplicación pertinaz y continua de la estrategia gramsciana de la
"revolución cultural", de la "ocupación de espacios" y de
la "larga marcha hacia el interior del aparato de Estado", a lo largo
de cuarenta años, ha obtenido pleno éxito, transformando los medios de
comunicación por entero en agentes de la revolución socialista. El hecho de que
algunos sectores de la izquierda se ataquen unos a otros en los periódicos — y
en la campaña electoral misma -- es usado como prueba cabal de pluralismo y
normalidad democrática, pero la realidad es que no se tolera ninguna oposición
frontal, que una clara defensa de la economía de mercado y de la democracia
liberal está virtualmente prohibida excepto en las páginas especializadas de
economía y que, como mucho, hay espacio para un enfrentamiento entre
socialistas radicales y socialistas moderados, con exclusión del resto.
En este ambiente opresivo y enloquecedor, incluso los
liberales y conservadores más apegados a las instituciones democráticas son
fácilmente difamados como "extremistas de derecha", sin que el
público -- principalmente el extranjero -- se dé cuenta inmediatamente del
sutil y perverso cambio de significación que el término ha sufrido, cambiando
de objeto material sin perder su connotación negativa.
Tan completa y meticulosamente ha sido excluida del
escenario toda oposición frontal al izquierdismo, que, no teniendo ya una
derecha políticamente organizada a la que perseguir, y encontrando en su contra
sólo la voz de un hombre aislado y sin partido, pobre, sin recursos y sin apoyo
partidario de ninguna especie, ha decidido hacer de él el fantoche derechista,
el portavoz y el "representante" de corrientes y poderes con los que
no tiene nada que ver y que, en su modesta opinión, son tan despreciables como
la izquierda misma.
La opinión pública de un país necesita haber llegado
al último estadio de la "estupidización" colectiva cuando se adapta
pasivamente a una situación de esas. Pues gran parte de la nuestra ha llegado.
Claro que hombres cultos e ilustrados no caen en cualquier añagaza. Conocen al
menos la diferencia entre extremismo de derecha y conservadurismo democrático,
entre Goebbels y Tocqueville, entre Mussolini y Churchill, entre Le Pen y
Ronald Reagan. Pero mencionar esa diferencia, en Brasil, se ha convertido en
algo prohibido: es prueba de "fascismo".
Tal es el estado de estupidez a que hemos llegado. Y
nada más eficaz que la estupidez.
La cosa funciona tan bien, que el Sr. Barreto Motta,
admitiendo que al menos en parte mis diagnósticos de la situación brasileña
puede que sean exactos, da por supuesto, como si fuese la cosa más obvia del
mundo, que mi opinión, aunque digna de "análisis atento", no puede
ser merecedora de "respeto". Mis palabras, dice, "han pasado a
ser oídas si no con respeto, al menos mereciendo un análisis atento". Pero
bueno, ¿qué diablos es eso? ¿Habrá algo más digno de respeto que la verdad? ¿O
es que el encasillamiento previo de quien la ha proferido vale más? ¿Acaso
"análisis atentos", si revelan que he dicho la verdad, han de hacerla
indigna de respeto?
Además, ¿de dónde ha sacado ese señor la idea de que
no soy oído con respeto? Los mayores escritores brasileños, un Josué Montello,
un Herberto Sales, un Jorge Amado, un Antônio Olinto, un Bruno Tolentino, un
Carlos Heitor Cony han declarado que me escuchan no sólo con respeto, sino con
admiración. Pensadores de la envergadura de un Miguel Reale, de un Paulo
Mercadante, de un Vamireh Chacon han dicho exactamente lo mismo, así como
hombres de gobierno, entre ellos dos ex-presidentes de la República -- Itamar
Franco y José Sarney -- y varios ex-ministros, como Jerônimo Moscardo, Delfim
Netto y Karlos Rieschbieter. En la propia izquierda nacional, los mejores
hombres, como el historiador Carlos Guilherme Motta, el histórico líder
comunista Jacob Gorender y el candidato presidencial Ciro Gomes, han expresado
más respeto por mí de lo que la más insana vanidad podría exigir. En el Exterior,
he recibido las mayores manifestaciones de aprecio de intelectuales de Francia,
de Rumanía y de EUA. ¿Y será que el Sr. Barreto Motta se imagina que soy tan
desconocido en Portugal que puede hablar de mí como si su opinión, ocupando un
vacío, tuviese que imperar sola en el espacio a su alrededor? Pues sepa que al
menos dos intelectuales portugueses de primera magnitud, J. Pinharanda Gomes y
Mendo Castro Henriques, conocen muy bien mi obra y tienen de ella el más alto
concepto. El prof. Pinharanda, en el prefacio a la edición portuguesa de La coherencia de las incertidumbres, de
Paulo Mercadante, se refiere a mí en los términos más lisonjeros, y el prof.
Henriques, comentando mi Aristóteles en
nueva perspectiva, dice nada menos que lo siguiente: "Desde
Giambattista Vico no había aparecido una interpretación tan luminosa para
acabar con la mistificación de las ‘dos culturas’."
Después de eso, ¿me faltaría la escucha respetuosa
de quién? ¿De algún Barreto Motta? Pues no la necesito de manera alguna.
Paso, pues, por encima de ella, y me dirijo sin
intermediarios al pueblo portugués, pueblo de mis antepasados, al que amo más
que a cualquier otro en el mundo, y le pido que no consienta ser inducido, por
palabras maliciosas, a pensar mal de mí. No soy extremista de nada, no
"represento" nada a parte de mi propia opinión personal, no estoy
vinculado ni de cerca ni de lejos a ningún movimiento y, sobre todo, aprecio mi
independencia de pensamiento. He adoptado como divisa los versos de Antonio
Machado,
a mi trabajo acudo,
con mi dinero pago
el pan que me alimenta
y el lecho donde yago,
y no tengo que dar explicaciones a ninguna corriente
u organización política de este mundo ni, si las hay, del otro.
Petrópolis, RJ, 20 de septiembre de 2002
NOTAS
(1) La dirección es http://www.olavodecarvalho.org. También
hay escritos míos en el periódico electrónico que publico en la dirección http://www.midiasemmascara.org.
(2) José Hamilton Ribeiro, Jornalistas: 1937 a
1997. Sessenta Anos da Fundação do Sindicato dos Jornalistas Profissionais no
Estado de São Paulo, São Paulo, Imprensa Oficial do Estado, 1998. (En
entrevista a la TV Cultura, el autor, con aparente orgullo, confesó que, cuando
era corresponsal de guerra en Vietnam, casi todo lo que retransmitía a los
periódicos era pura propaganda vietcong, y admitió que lo mismo hacían,
consciente y deliberadamente, muchos otros corresponsales extranjeros.). Ver
Luís Mir, A Revolução Impossível. A Esquerda Armada no Brasil, São
Paulo, Best-Seller,