Miseria lingüística

Olavo de Carvalho

O Globo, 5 de agosto de 2000

 

 

Aquella historia del individuo que sólo tenía tres neuronas - la de emisión, la de recepción y la de bloqueo general – se ha vuelto ya demasiado compleja como para ser verdad. Tres, en definitiva, es ya un silogismo, el inicio de una dialéctica. Lo normal, hoy, es no tener más que una sola neurona, que se enciende o se apaga por reflejo condicionado. Eso, evidentemente, si eres un intelectual, un privilegiado que ha conseguido, mediante un aprendizaje universitario, condicionar la neurona. Si no, ésta se enciende o se apaga al azar.

 

Por ejemplo, el otro día escribí que el fascismo fue uno de los movimientos revolucionarios de comienzos de siglo. Un periodista que me leyó, como es comunista desde su ADN, adora las revoluciones y no concibe que a alguien no le gusten, entendió que era un elogio del fascismo. En el mismo artículo, demostré que el dogma comunista que explica el nazismo como una ideología capitalista era un chiste grotesco, dado que los nazis identificaban a los "capitalistas" con los "judíos" y odiaban por igual ambas cosas, estando en eso, por cierto, perfectamente de acuerdo con Karl Marx. ¿Saben lo que el individuo concluyó de todo esto? ¡Que yo estaba hablando mal de los judíos! Es muy posible que esa reacción sea  la auto-defensa neurótica de un comunista, herido en su punto flaco de discípulo de un racista profeso. Karl Marx, en resumidas cuentas, es el mismo que se refería a los rusos como "basura étnica", que exaltaba como un coste del socialismo la destrucción de unos cuantos "pueblos inferiores" y que, en su círculo familiar, usaba habitualmente expresiones como "negro pedante". El seguidor devoto de un gurú de esa ralea tiene motivos para darse por aludido y echar espumarajos de odio ante la mera mención de la afinidad del nazismo y del comunismo, afinidad que, en el régimen comunista, el rabino Schneerson y sus discípulos experimentaron en su propia carne, y que, claro está, los comunistas hacen todo lo posible para ocultar, incluso a costa de proyectar intenciones antisemitas sobre un conocido apologista del judaísmo.

 

Pero, en fin, por malicia y estupidez o por estupidez en estado puro, el hecho es que, al odiar a los capitalistas y no conseguir imaginar que alguien considerase normal y decente la profesión de capitalista, el individuo pensó que hablar de capitalistas judíos era hablar mal de los judíos.

 

A eso es a lo que, en el Brasil de hoy, se llama "leer". No diré quién es el periodista, en primer lugar, porque, por más que lo diga, eso no hará que él sea alguien. Segundo, porque no se trata de un caso aislado de estupidez individual, sino de un síntoma de estupidez ambiental.

 

Tercero, porque no creo poder desinfectar el ambiente arrojando a las cucarachas las bolas de naftalina una por una. Desgraciadamente, tampoco conozco ningún spray intelectual que, diseminado en el aire, haga aumentar la cuota de neuronas per capita. Lo único que puedo hacer es intentar extraer, de los casos singulares, lo que tienen de genérico para ayudar a explicar otros casos.

 

En el ejemplo citado, lo más digno de mención es que el ciudadano, al ver en mí un derechista, un enemigo por tanto, ni por un instante sospechó que en el vocabulario del enemigo las palabras podían tener significados diversos (en rigor, inversos) de los que tenían en el suyo. Percibir esas diferencias es un instinto semántico, que se perfecciona mediante la lectura. Su pérdida o atrofia es signo de analfabetismo funcional. Observada en un profesional de las letras, es alarmante. En el periodismo de hace dos décadas, una falta tan obvia de comprensión no pasaría desapercibida al más soñoliento de los copy-desks. Por favor, no me atribuyan una intención polémica o revanchista. No se puede establecer una discusión partiendo de tan bajo. Este caso, para mí, no es más que una muestra de laboratorio, no más odiosa, en substancia, que una lombriz ante el analista clínico. Sólo que, sorprendidas en estado de proliferación epidémica, hasta las lombrices se vuelven peligrosas. Y el hecho es que el modus legendi del aludido ciudadano se está convirtiendo en práctica común. La lengua de nuestros debates públicos se está reduciendo a un instrumento en el que se puede insultar, denunciar, acusar, calumniar - pero no se puede comprender nada. El escritor que, por miedo de interpretaciones maliciosas, se rebaje a escribir según los cánones de dicha lengua, dejará inmediatamente de ser un escritor para ser un camarero de fast-food mental.

 

Las grandes crisis y revoluciones se hacen preceder siempre, en la esfera lingüística, por una simplificación reductora que reduce la comunicación a un intercambio de estimulaciones estandarizadas. Hyppolite Taine describe, en "Origines de la France Contemporaine", la larga degradación que fue transformando la lengua francesa del siglo XVIII en un sistema de fórmulas estereotipadas, adecuado a las generalidades de la oratoria revolucionaria, pero con el que no se podía traducir a Dante ni a Shakespeare, crear personajes de carne y hueso o expresar ni una sola impresión viva. Thomas Mann, Jacob Wassermann y sobre todo Karl Kraus observaron una decadencia similar en la lengua alemana del pre-nazismo. La lengua portuguesa de Brasil, en las últimas décadas, empezó perdiendo dos personas verbales - hecho inédito en los idiomas occidentales modernos - restringió drásticamente el vocabulario de las clases "cultas", eliminó la prioridad de los términos propios y hoy va perdiendo, con la captación de los matices, incluso la capacidad de distinguir entre el sentido directo y el indirecto. Lo que nos falta es un Karl Kraus para documentar esas pérdidas y mostrar cómo los totalitarios de siempre sacan provecho de la miseria lingüística que ellos mismos han creado.