Pirro y Savonarola

Olavo de Carvalho

Jornal da Tarde, 14 de octubre de 1999

 

 

Dar una prueba definitiva de lo que sea en un artículo de periódico, es casi imposible. No se puede ir más allá de la argumentación retórica, o sea, de una prueba por verosimilitud. Hay, sin embargo, retórica y retórica. Algunas argumentaciones retóricas sólo valen como tales: tienen en la verosimilitud el límite extremo de su posibilidad de demostración. Otras son en realidad el resumen provisional de teorías que, desarrolladas en todos sus detalles, muestran todo el rigor de las pruebas que las sustentan.

 

Pedro Laín Entralgo llegó a definir, por esa diferencia, el género ensayístico: ensayo es la teoría... menos la prueba explícita. Captar en las entrelíneas la prueba implícita o la definitiva e irremediable ausencia de la misma, en eso consiste la habilidad que se le exige al lector de ese género de escritos, habilidad que desgraciadamente les falta a las clases letradas del Brasil de hoy, educadas en un dualismo patológico que entre la demostración matemática y la fantasía poética sólo percibe un vasto desierto. A dichas clases, como a los niños, es necesario explicarles todo en sus mínimos detalles, colmando con respuestas exhaustivas cada hiato que su raquítica imaginación no logre saltar por sus propias fuerzas; y al final tenemos que soportar todavía, con infinita paciencia pedagógica, que exhiban su demanda voraz de muletas lógicas como un signo de rigor intelectual y de sentido crítico, ¡válgame Dios! En este país la pura dificultad de pensar tiene la gloria y el prestigio de los pensamientos difíciles.

 

Un cartesianismo de almanaque ha inoculado en ciertos círculos de nuestra sociedad el culto a la duda, venerada como suprema virtud filosófica. Pero lo que distingue el auténtico sentido crítico de la inseguridad impertinente es que aquél sabe cuando detenerse, y ésta sigue dudando donde ya no hay nada más que preguntar. El límite está indicado por el sentido de la evidencia, sin el cual toda petición de pruebas es un juego fútil o una comezón enfermiza: si alguien es incapaz de distinguir lo cierto de lo dudoso, ¿para qué cultivar la duda si no es por deleite o compulsión? ¿Y estas pasiones cómo no van a encerrarle en sus placeres o dolores subjetivos, apartándole cada vez más del objeto sobre el que finge pensar? Por eso, la sana credulidad del ciudadano común es mejor punto de partida para los estudios filosóficos que la manía argumentativa que hoy se endilga a nuestros niños a título de introducción al filosofar. Antes de aprender a dudar, hay que aprender las razones del dudar. Pero como éstas no son más que la inversión simétrica de las razones del creer, y como no tienen más consistencia que la que reciban de éstas por negación, sólo el hombre que cree seriamente es capaz de dudar en serio, y una generación educada desde su tierna infancia en el escepticismo pedante y en la contestación fútil nunca llegará a ser más que un bando de simuladores de dudas, de remedadores de discusiones filosóficas. Más boba que la creencia ingenua es la duda liviana.

 

No sólo boba, sino positivamente dañina. La corrosión fácil no destruye las creencias habituales (un efecto que sólo podría ser obtenido por la crítica rigurosa): no crea más que una inhibición a examinarlas detenidamente; inhibición que no por pavonearse de escepticismo volteriano deja de ser lo que es: un temor a la experiencia profunda, un retroceso defensivo hacia la superficie. Y cuando toda la capacidad de raciocinio de un hombre está ocupada en esa operación de fuga, éste, fatalmente, no alcanzará nunca la verdadera independencia de pensamiento, sino que vivirá en una inseguridad que, cuanto más duda, más necesita creer. Sólo que, como su inteligencia está puesta toda al servicio de la corrosión, el camino de la creencia racional le está vedado y no le queda más remedio que apegarse a la pura emotividad. Y, como las emociones son fluctuantes por naturaleza, no pueden darle la seguridad que él desea, a no ser que algo las regule y las discipline desde fuera: de ahí la búsqueda de la emoción colectiva, que ejerce sobre la pobre alma el efecto ordenador, vertebrador – y, en definitiva, calmante – de un Ersatz de la razón. He ahí por qué, en la mente de nuestras clases letradas, el escepticismo más corrosivo puede coexistir pacíficamente con la adhesión a los burdos moralismos políticos del momento, sin que nadie vea la menor contradicción en negar la existencia del bien y del mal y clamar, al mismo tiempo, por el castigo de los malos. Nada más lógico que el hecho de que esa mezcla de Pirro y de Savonarola padezca una insaciable hambre de chivos expiatorios: el falso clamor de justicia es la exteriorización estandarizada del odio que el alma moralmente inconsistente tiene de sí misma.