
Bellaquerías
Olavo de Carvalho
Jornal da Tarde, 5 de julio de 1999
Algunos amigos me preguntan si no voy a escribir nada sobre el manto de silencio que la crítica, fielmente izquierdista, ha echado sobre mi trabajo de editor de los Ensayos reunidos de Otto Maria Carpeaux. El caso es extraño: varios periódicos han dedicado un amplio espacio a la divulgación del libro, llegando a considerarlo como un acontecimiento histórico, pero han rehuido mencionar su Introducción – el primer estudio amplio que se ha hecho sobre el autor – y los miles de notas a pie de página con las que he procurado convertir esa edición en un instrumento útil para la enseñanza y para la investigación. En un país en el que cualquier antologista aprovechado es blanco de alharacas mediáticas y virtual candidato a la Academia, ese silencio es significativo y quizá merecería un comentario. Principalmente porque entre los críticos había al menos dos de esos organizadores de selecciones. Intentando justificarse ante un lector que le pedía la explicación de lo inexplicable, uno de ellos llegó a alegar que había tenido más trabajo para montar por temas una pequeña antología que yo para reunir, cotejar, corregir, interpretar y anotar las 3 mil páginas de Carpeaux (teniendo en cuenta que “montar por temas” significa colocarlos por orden alfabético, se comprende la dificultad de ese crítico). Todo eso hace que el episodio se vuelva bastante interesante.
Pero no, no voy a escribir nada más sobre el caso, porque, aunque es importante para mí, considerado a escala nacional se diluye en la voluminosa ola ascendente de la desfachatez izquierdista. ¿Qué importa la omisión de mi nombre en unas reseñas, si hechos infinitamente más importantes están siendo escamoteados diariamente al lector brasileño por la censura blanca – en transición a roja – que se ha establecido en todas las redacciones del País? ¿Qué importa una mentirijilla más, si, por ejemplo, el apoyo financiero de las elites norteamericanas a la izquierda revolucionaria de Brasil sigue siendo un secreto sólo violado, entre susurros, en los círculos casi esotéricos de los estudiosos de la geopolítica? ¿Qué importa que el pueblo ignore mis pobres trabajos editoriales, si tampoco necesita saber quién paga los anuncios millonarios con los que un partidillo comunista electoralmente nulo ocupa franjas crecientes del mejor horario de las más caras televisiones brasileñas? ¿Qué importa omitir una información literaria, si todos los periodistas se abstienen hasta de preguntar porqué nuestro presidente ha decidido financiar con dinero público a una organización que él mismo dice que no tiene otra finalidad más que desmantelar el Estado? ¿Qué importa dar mal la noticia de la edición de un libro, si no es necesario informar mínimamente al pueblo sobre algunos regímenes de nuestro territorio – del tamaño de un Estado de la Federación – en los que está prohibida la entrada de brasileños y en los que una alianza de indios y de extranjeros, bajo la protección de los medios de comunicación izquierdistas, hace lo que le da la gana con unos tesoros minerales que serían suficientes para saciar el hambre del mundo?
El pueblo no necesita saber nada sobre mí, porque sencillamente no necesita saber nada sobre nada. El pueblo no está ahí para ser informado, sino para que le tomen el pelo. Sólo un pueblo idiotizado, engañado, anestesiado puede someterse a la “revolución pasiva” de Antonio Gramsci, que consiste precisamente en la distribución del trabajo en la que una elite descarada participa con la revolución y la nación participa con la pasividad borreguil de quien ni sabe ni quiere saber. Sólo un pueblo idiotizado puede pasar por una revolución comunista sin enterarse. Sólo un pueblo idiotizado puede imaginarse que está siendo gobernado por un bendito, cuando está siendo llevado al comunismo por la alianza habilísima de un presidente fingidamente liberal con una oposición fingidamente nacionalista.
Por eso, no voy a decir nada más sobre el caso Carpeaux. Hay tantas cosas que habría que decir y que nadie las dice, que me da vergüenza gastar este precioso espacio del Jornal da Tarde con la descripción de la más insignificante bellaquería de las últimas semanas.