Ciencia y demencia

Olavo de Carvalho

Jornal da Tarde, 19 agosto 1998

 

 

¿Ya han tenido Uds. la desagradable oportunidad de intentar aplacar los temores de un paranoico acerca de la conspiración urdida por el universo para destruirle?

 

Quien lo ha intentado conoce la dificultad de la empresa. Ningún argumento sirve para nada. Un enfermo de paranoia razona tan bien como cualquier otra persona, a veces hasta un poco mejor: el miedo enciende todos sus bytes a la vez y así él nos prueba, por a + b, que las rutas de los aviones fueron desviadas a propósito para bombardear su casa, que su vecino instaló en el sótano una máquina para leer sus pensamientos, etc., etc. Enseguida nos damos cuenta de que su error no está en el razonamiento, sino en las premisas. Parte de informaciones equivocadas, porque le faltan ciertas percepciones intuitivas y el sentido de las proporciones. Como estas cosas sólo se adquieren por experiencia directa, y las palabras sólo pueden transmitir signos y no los hechos mismos, es inútil intentar reconducir al infeliz a la realidad común: nuestras palabras caen y se pierden en el foso infranqueable entre dos mundos eternamente separados.

 

Es desesperante.

 

Pues bien: de unos años para acá, discutir con ciertos intelectuales – llamémosles así – se ha convertido en una experiencia de ese tipo. Hablan, razonan, argumentan como si fuesen personas normales, pero, después de unos minutos de conversación, nos damos cuenta de que sencillamente no saben de qué estamos hablando. Probablemente la dosis de informaciones eruditas discordantes o falsas que recibieron en la universidad les desorientó de tal modo que se volvieron incapaces de confiar en sus propias percepciones. Al no creer ya en lo que ven individualmente, se aferran con desesperación a lo que imaginan colectivamente. Es el primero grado de la locura: la histeria. Pero el histérico, aunque considera lo imaginado como percibido, al menos sólo lo hace en estado de excitación. Poco a poco, sin embargo, la cantidad de estímulo necesaria para producir el equívoco va disminuyendo, como en un experimento de hipnosis, en el que la fuerza de la costumbre hace que unas señales cada vez más leves emitidas por el hipnotizador sean suficientes para producir el trance. El individuo que había empezado confundiendo intensidad y realidad termina afirmando, con toda calma y frialdad, que realmente no sabe si un feto humano es humano, que no distingue la diferencia moral entre hacer sexo con una mujer adulta o con un bebé de 2 años, que no ve distinción de cualidad entre la Catedral de Chartres y las obras de Basquiat, que entre el cariño físico y una puñalada en el estómago solo hay diferencia de grado, que la conciencia humana no existe, que el amor de una madre por sus hijos es efecto de la explotación capitalista del proletariado, etc., etc. A esas alturas ya está totalmente esquizofrénico y demuestra, por tanto, estar capacitado para asumir una cátedra universitaria.

 

Un psicasténico no percibe cosas por detrás de las palabras, y lo enviamos al médico; un deconstruccionista tampoco, y le confiamos la educación de nuestros hijos.

 

El llamado progreso del conocimiento nos obliga a discutir, simulando seriedad, asuntos que un pythecantropus erectus despreciaría como indignos de su inteligencia. Siempre que me veo en la circunstancia de tener que hacer eso, debo imbuirme de ese espíritu de mentira piadosa que toma mil precauciones para no contrariar al loco que tiene enfrente. Tengo miedo de acabar como los siervos del Enrique IV de Pirandello, que, a fuerza de fingir que son cortesanos de Enrique IV para no contrariar a su patrón loco que se cree Enrique IV, acaban creyendo que son de verdad cortesanos de Enrique IV. Cuando ya no aguanto más y empiezo a tomarles el pelo descaradamente, créanme: lo hago sólo en legítima defensa de mi salud.

 

Una de las ironías más trágicas de la Historia es que el prestigio social de la ciencia haya contribuido a reducir a multitudes enteras de intelectuales a un estado de idiotez mal disfrazado por el lenguaje pedante con que se expresa. Pues la ciencia no es más que una de las formas derivadas de la razón, y al rendirle culto por encima del sentido global de la racionalidad se convierte en un fetiche hipnótico. Cuando un individuo, con la presión de la vida moderna, va perdiendo la capacidad de percibir ciertas cosas, ciertas cualidades, ciertas diferencias, presiente, en un primer momento, que se está volviendo loco. Pero, acto seguido, cuando lee que “no hay pruebas científicas” de que esas cosas existan, siente un alivio tremendo y, apoyándose en la autoridad de la ciencia, proclama que el ciego es el que las ve. Raramente o nunca un individuo que ha caído en ese engaño encontrará un profesor honesto que le enseñe que la ausencia actual de pruebas científicas es, en la rigurosa acepción del método, un debilísimo argumento en contra de la existencia de lo que sea, principalmente de lo que se conoce desde fecha inmemorial por percepción directa. Pero, para enseñar eso, se necesita algo más que conocimiento científico: se necesita saber lo que es y lo que no es ciencia – y esto, en pleno apogeo de la autoridad científica, se ha convertido para la casi totalidad de las clases parlantes en algo así como un mysterium tremendum.